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Ciegos / Sonia Pereira Torrico 

17 marzo, 2024
en Columnistas
Ciegos / Sonia Pereira Torrico 
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En el Iquique de antaño, era particular recibir un apodo por algún rasgo físico o personal. Con frecuencia te encontrabas con un ciego en cada esquina, ya sea por qué usaba lentes ópticos o era corto de vista. Él guatón, el chute, el fideo, el cuico, el loco, el chino, el negro o el gringo lo molestaban a la hora de perder un gol en las polvorientas calles de tierra. El ciego veía borroso, pero se esforzaba por mejorar la jugada y el pase gol a un jugador. Había compañerismo, unión, trabajo en equipo entre los cabros que nacieron en el barrio de los techos planos. Sólo los de la vieja escuela saben a lo que me estoy refiriendo, indistintamente del apodo que tuviésemos, la amistad y la lealtad primaba por sobre los individualismos. Por ser gordita, mis amigas del glorioso barrio El Morro jamás me excluían de la ronda de San Miguel o el luche. Los juegos de la infancia confabulaban para que nadie hiciera de las suyas de manera particular y perjudicara al grupo para sacar provecho personal. Cuando un niño o una niña quedaba fuera de un juego, la empatía florecía como el pastito que no se pisaba para protegerlo. Y siendo una ciudad de clubes de barrio anclados en una cuadra, difícilmente podías encontrar a un niño jugando en solitario, aunque le dijeran ciego, toda vez que serlo no era impedimento para estrechar una amistad y hacerlo parte de los juegos. Contrariamente a la ceguera actual planteada por Saramago, la cual es capaz de develar las miserias que nos atraviesan con total franqueza, en una sociedad  signada por la desigualdad. «Se está ciego debido a que se es incapaz de discernir entre lo falso y lo verdadero». En palabras del escritor podría decirse que “No nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que viendo, no ven».

Indefectiblemente siento una crecida nostalgia por esa vida en comunidad, sin esa ceguera por la libertad y la simpleza de un tecito y pancito con mortadela.

Cuando salir a la calle era un regalo sublime, saludabas a tus vecinos, ibas a comprar el pan sin rezongar, no pisabas el pastito, tirabas la puerta con una pita, corrías a ayudar a la vecina con las bolsas del terminal agropecuario, se almorzaba en familia, un pecado comer sólo en el dormitorio, tenías que estar enfermo para realizar dicho testimonio. Las tareas del colegio se hacían en la biblioteca, en conjunto con otras compañeras y la señorita Aura Peña, para una comprensión global y no individual. ¡Paf!, mi colación la compartía con algún compañerito, si se le había olvidado en algún rincón del nido. Se transitaba tranquilamente por las calles hasta altas horas de la madrugada, le preparaba el desayuno a mamá por sí estaba cansada, también el aseo, pasar el chancho los domingos y el papel de diario para dejar los vidrios soplados. Sí, la cooperación era un verbo que se practicaba a diario, así me enseñaron, a ser respetuosa, a oír, y saludar religiosamente todos los días a artistas y parroquianos. Ricos y pobres nos reuníamos en la misma mesa larga, sea de un conventillo o de un palacete con claraboya y un balcón para vislumbrar los barcos de la Marco. Existía el contacto, la confianza, y la candidez de verte por primera vez en la plaza arbolada de la rada. Mis padres antes de conocerse se iban de paseo a la plaza para reencontrarse con los amigos o el pololo de la primavera. Ese lugar se llamaba el tontódromo, cada uno caminando y tomado de la mano. ¡Que lujo!, ¡que honor!, porque no me quedo suspendida en ese vuelo sin temor. 

Cuantos aprendieron a pedalear por primera en una bicicleta alrededor de la pérgola y la pileta. Cuantos aprendieron a caminar por primera vez bajo las palmeras y los dátiles sobrevolando la cabeza. Cuantos se sacaron una foto con el llamito, una vez finalizado el desfile de los domingos.

 La vida social se desarrollaba en todo su esplendor en los almacenes, pastelerías, bares, fuente de soda, restaurantes, teatros y playas extensas. Y no necesitábamos máscaras, no estábamos con la vista nublada, la luz resplandecía desde el horizonte hasta el alma mía. Las únicas máscaras que se usaban, eran unas de plástico alusiva a un héroe o una princesa del imperio Disney. Quisiera detenerme, pero me es imposible, veo con los ojos del corazón y me duele que mi plaza, le hayan cortado sus palmeras, su jardín y las flores del rededor. Sin embargo, escucho a lo lejos el susurro de unos violines al interior del teatro municipal, lo han restaurado para abrazar la cultura desde la génesis de lo creado, y la esperanza en el rescate de la identidad,  de uno de los sitios más inolvidables de la ciudad.

Sonia Pereira Torrico

(Foto de la autora de la columna)

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