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Civilidades: la otra cara de las incivilidades, por Marcelo Trivelli

12 junio, 2026
en Columnistas
Chile tiene fiebre xenófoba, por Marcelo Trivelli
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El Gobierno ha logrado interpretar una preocupación real de la ciudadanía al anunciar la creación de un registro de vándalos e incivilidades; se deberán perseguir penalmente los primeros y combatir los segundos.

Todos lo vivimos a diario. En lo personal, en la entrada del cité en el Barrio Bellavista donde trabajo suelo encontrar vómitos, fecas y orines humanos. La reja metálica está oxidada, los muros rayados y el mobiliario urbano dañado. Son conductas inaceptables que afectan la calidad de vida de vecinos, trabajadores y visitantes.

Sin embargo, existe una dimensión esencial de la convivencia que suele quedar fuera de este debate: las civilidades, la otra cara de las incivilidades.

Las civilidades son las virtudes cotidianas de la democracia y de la vida en comunidad. Son aquellas conductas mediante las cuales reconocemos que vivimos junto a otros y que nuestros derechos conviven con los derechos de los demás. No aparecen en el Código Penal ni pueden imponerse por decreto, pero permiten que la sociedad funcione.

Escuchar antes de responder es una civilidad.

Respetar al que piensa distinto es una civilidad.

Cumplir la palabra empeñada es una civilidad.

Reconocer un error es una civilidad.

Cuidar los espacios públicos es una civilidad.

Pagar oportunamente a proveedores es una civilidad.

Declarar un conflicto de interés es una civilidad.

Actuar con honestidad cuando nadie nos observa es una civilidad.

Sin estas conductas, ninguna sociedad puede sostener altos niveles de confianza. Y sin confianza resulta imposible construir cooperación, desarrollo económico, cohesión social o democracia.

La democracia no descansa únicamente en leyes, tribunales o policías. Descansa también en millones de actos cotidianos de respeto, honestidad y cooperación entre personas que muchas veces ni siquiera se conocen entre sí. Aristóteles entendió que las virtudes cívicas eran indispensables para la vida en comunidad. Montesquieu sostuvo que la virtud era el principio que permitía funcionar a las repúblicas. Hoy, seguimos enfrentando la misma realidad: ninguna sociedad puede sostenerse únicamente mediante la coerción o el castigo.

Por eso llama la atención que el debate sobre las incivilidades se concentre casi exclusivamente en ciertas conductas visibles en el espacio público, mientras otras formas de deterioro de la convivencia parecen pasar inadvertidas.

Cuando un joven raya un muro, el daño es visible. Cuando una autoridad falta a la verdad, cuando una empresa abusa de consumidores o cuando un dirigente utiliza su posición para obtener beneficios indebidos, el daño es mucho más profundo porque erosiona la confianza sobre la cual descansa toda convivencia democrática.

Las redes sociales merecen una reflexión especial. Nunca había sido tan fácil insultar, humillar, difundir falsedades o destruir reputaciones. La agresividad recibe más atención que la reflexión. El algoritmo premia las incivilidades más que las civilidades y estamos prácticamente indefensos frente al enorme poder que ejercen las plataformas digitales sobre nuestra conducta y nuestras emociones.

La consecuencia es una cultura donde las civilidades dejan de ser admiradas e imitadas mientras que las incivilidades se normalizan.

Las sociedades no se transforman castigando conductas indeseables si ello no va acompañado de la promoción y el ejemplo de conductas deseables. La convivencia se aprende. El respeto se aprende. La empatía se aprende. La responsabilidad cívica se aprende.

Nunca debemos olvidar que las incivilidades deterioran los espacios comunes, mientras que las civilidades construyen comunidad, fortalecen la democracia y hacen posible la vida en sociedad.

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