Por estos días, cuando las banderas comienzan lentamente a guardarse y las fotografías del desfile inundan las redes sociales, uno entiende que después del 21 de mayo quedan muchas otras cosas, el eco de las bandas de guerra, el olor a empanada calentita de horno o fría no más, pero compartida en familia. Queda el recuerdo de los escolares ensayando durante semanas el “izquierdo, derecho, izquierdo, derecho”; queda el pecho apretado cuando la ciudad entera guarda silencio por los mártires del Combate Naval de Iquique a las 12:10 p.m. Y queda también esa sensación extraña de que, por un día, todos volvemos a tener la misma edad.
Mayo siempre fue distinto en Iquique. No había que mirar el calendario para saberlo. El puerto entero cambiaba de color, de ánimo, de respiración. Mayo es el mes del mar, del diario mural, de los inicios de Club Deportes Iquique, de la radio El Salitre, de las tareas hechas con papel lustre y escarcha. Cómo olvidar las vitrinas adornadas con las Dos Estrellas; la librería Glasinovic, La Confianza; las banderitas flameando incesantes por Baquedano y la plaza Prat. Mayo era ayudar a limpiar la casa, subir a los techos, encerar, pintar, ordenar todo porque venía el desfile y había que ir con la mejor pinta. Después del desfile, felices y raudos, partíamos caminando rumbo al muelle, esperando conseguir un espacio en alguna goleta que nos llevara mar adentro, hacia la boya.
Solo un iquiqueño sabe lo que significa ese viaje.
Ahí, mirando las aguas profundas e imaginando el lugar exacto donde ocurrió el naufragio, uno entiende que la historia no está solamente en los libros, sino también ahí, respirando debajo de las olas.
La ciudad ha cambiado, claro que sí. Hoy hay más cobertura, más solemnidad, más participación de las autoridades. Pero hay cosas que jamás cambian, las calles vuelven a llenarse de familias caminando por Baquedano, de niños vestidos de marineritos, de fotografías en el muelle, de banderas flameando. Y aunque muchos estamos lejos, repartidos por Chile y por el mundo, seguimos sintiendo que mayo nos llama de vuelta a casa.
Gabriela Mistral decía: “¡Qué tenemos que recurrir a Grecia y a Roma si Arturo Prat era todo Esparta!”
Y quizás tenía razón. Porque acá, entre el desierto y el mar, crecimos escuchando historias de hombres valientes. Historias que pasaron del mar a las polvorientas, a los expampinos, a los obreros, a la gente sencilla que buscaba matar en el ocio la rudeza del día. Y ahí aparece también uno de los regalos más lindos de mayo. El 21 de mayo también es el cumpleaños de Club Deportes Iquique.
¿Y después del 21 qué?. Queda el silencio frente al mar, queda ese amor inexplicable por esta tierra.
Quizás por eso Arturo Prat sigue siendo tan nuestro, no solamente por ser nuestro héroe, sino también por el hombre enamorado que le escribía cartas a Carmela Carvajal diciéndole: “Mi vida. Mi tesoro.” Qué manera más hermosa de amar carajo.
Y mientras pasan los años, mientras las generaciones cambian y el puerto sigue creciendo frente al mar inmenso, uno entiende que quizás nosotros también hablamos así de nuestra tierra nortina sin darnos cuenta.
Porque Iquique termina siendo eso… Mi vida, mi tesoro.
Sonia Pereira Torrico








