Hace muchos años atrás, en una oportunidad mi tío Chumingo me invitó a comer una empanada en un local de calle Barros Arana, justo llegando al Mercado, a la feria Romero y al eco del vozarrón de Rubén, desproticando contra las malas mujeres. Bueno, el dependiente trajo consigo doce empanadas a la mesa. Yo asombrada por la cantidad, mi tío repara en decir , que pidió dos y no doce empanadas. Un amigo cercano ayudó a minimizar la cantidad del pedido. Aunque concluyo que si hubiese realizado este pedido con ese precio en estos tiempos, no tendría ningún problema en llevármelas para la once u otra ocasión especial.
A principios de los ochenta, con un sueldo mínimo de 11 mil y pico, cuesta creer que un pollo asado lo podías comprar por $250 pesos. Mi madre en esa época trabajaba en la zofri como secretaria en la «Junta de administración y vigilancia», en un Iquique con olor a dólares y harina de pescado. Aparte de los barrios emblemáticos como El Colorado, La Puntilla, Cavancha y El Morro, las fronteras avistaban las casas de la Villa Magisterio y los chalets de Playa Brava. El límite había traspasado la quinta de los abuelos de María Estela por el sur y también el número de picadas donde el iquiqueño a pie compartía con la familia, con el amigo , o en solitario para engullir un completo con malta con huevo.
Y los momentos especiales ochenteros, son precisamente los que atrapan mi memoria emotiva con frenesí en este instante, este bello instante en el cual me detengo y vislumbro al puerto donde caben todos los horizontes, un living de mimbre, porta maceteros de lana, el cuadro del niño llorón y una mesa cubierta con mantel de hule, con un pollo asado y papas fritas del «Pollo Choro» , local ubicado en calle Tarapacá pasado la panadería El Pueblo y antes de la ferretería El Tigre. Los mejores pollos asados, esa grasita calentita e hirviendo para re chuparse los dedos. ¿Quién no compro uno para ver el festival de viña ?, la teletón, sábados gigantes o un partido de la selección nacional. Cuando la diversión se concentraba en los clubes de barrio, tambos, peñas, malones y fiestas en el casino Agpia. Cuando aún no llegaba el cable, los videos juegos y los celulares. Cuando nos juntabámos todos en la mesa larga y realizábamos la sobremesa hasta tarde conversando o jugando lota. Mi abuelo iba al restaurante «La Nave», «Zaragoza» y «Victoria», ubicados alrededor del mercado. Pareciera que las 3 B merodeaban en ese edificio antiguo construido desde 1930, antes llamado «La Recova» frente a la plaza Condell. En el mercado, con mi tata íbamos raudos al segundo piso por un lomo a lo pobre, que de pobre no tenía nada. Incluía el arroz, mientras que en otras regiones, no lo sirven porque resulta excesivo y raro. Sucede también con la cazuela de ave sin zapallo, la porción de arroz revuelta con lentejas y el tomate sin cáscara. Yo cocino como un típico nortino, más ají, rocoto y ajo para el carajo. Ya te pusiste popular, hubiese dicho mi mamá, me sale lo morrina a pata pela mariscando a punta de chope y chinguillo , le hubiese respondido ,comiendo empaná de la Pichuca. Gloriosa ubicada en calle Bolívar con Luis Uribe. Los parroquianos se servían una Pilsener y una empanada de pino, después de la retreta del mediodía, mientras que los cabros chicos jugaban a la escondida. Era súper rico tomar desayuno dónde Sciaraffia en el mercado. Las empanadas tenían el tamaño perfecto para disfrutarla de pe a pa. Las tardes de pago o de suple se compensaban con una salida al «Café Diana», «IL Sorpasso» o el «Papy Bubú». «Las masitas» fue el primero que sacó el famoso submarino, un completo gigante. Pero la historia se entrelaza con mis dedos, y el cambucho de papas fritas que me llevaba mientras me sentaba en la micro en dirección a casa. Muchas veces me llamaron la atención por manchar con aceite el delantal azulino. La verdad, no me importaba, toda vez que compartía el tesoro con otra amiga del colegio. En el bache , y el inevitable salto de la micro , se caían algunas al suelo y reíamos de buena gana por la anécdota y los adhesivos con leyenda en la paredes del vehículo.
En los 90, el sueldo mínimo ya no eran las once lucas, sino un poquito más. Los mejores tocomples se disfrutaban en el «Amanecer Dinámico», en el «Splendid» o en el «café O`estadio». Buenos recuerdos guardo de esa época y después del bajón o del carrete en papas «Foster» o papas «Pato» de calle Genaro Gallo. «Foster», un clasico, el primero que saco las mayo con agregados choclo, pickle, aceituna ,etc. Nunca iba sola, siempre se sumaba la conversación y la previa, creo que es lo que más extraño del puerto. Y el «Papá Gallo» es testigo de los carretes con los amigos vestidos de franela, bototos caterpillar y zapatillas donnors. En su antigua ubicación, al costado del Blockbuster y antes al costado del Marmentini Letelier. Realizábamos la previa con un pitcher y la clásica pichanga con aceitunas de Azapa. Después nos íbamos a la «pink Cadillac» a saltar como locos el tema «chileno de corazón» y el privilegio de que nuestra selección formara parte del mundial Francia 98. Algunos se devolvían al «Tibiri tabara», a compartir las pichangas con zapallo italiano, música en vivo, paredes rayadas, y la caída semanal por la escalera.
Las historias y los relatos se seguirán escribiendo en las calles del puerto de una picada a otra. Inolvidables como las tejidas en » Don Churrasco» y su cariñoso dueño que hoy habita en los cielos.
No obstante, con el delivery instalado, se favorece la comodidad y la distancia en vez de caminar mirando el reloj del cerro, para comprar un churrasco al «il chicopitto» o al «bam bam».
Sonia Pereira Torrico








