Está en Iquique, se levanta temprano, intuye que bordean las siete y media de la mañana y recuerda de inmediato su misión de ir a la feria por pescado fresco , frutas y verduras. Se toma un café bien cargado casi directo a la vena, sale al balcón y mira el inexpugnable Océano Pacífico de su amado barrio, repitiendo como un mantra que no envejece que bueno es estar aquí. Recoge la lista y cruza la puerta para ir a atrapar con el alma en frenesí, los aromas sin pedir permiso, ese perfume que anuncia que el norte también se saborea. Un casero le ofrece una tajada de tángelo y el jugo le estalla en la boca, fresco, generoso. Feliz, decide entonces comprar fruta y hacer un postre para el almuerzo, un mango alegre, el favorito de su madre, y en ese gesto sencillo comienza a viajar por el tiempo. Melcochas, polulos, arroz de colores, turrones, chumbeques, lucumí, coco confitado, alfajores de Matilla, los compra todos no por capricho sino por ese amor inconmensurable a la niña que fue.
La ruta no ha terminado, la lista dice albacora y camina hacia Caleta Riquelme donde los vendedores la reciben con cercanía, piropos cariñosos, bromas, invitaciones. Prueba el ceviche con limón de pica, luego otro bocado. Son las once de la mañana y ya ha probado de todo, es una gozadora y no se arrepiente de nada porque hay días en que la felicidad tiene sabor y ese sabor es nortino. Pasa a ver a los lobos marinos como si saludara a viejos conocidos, camina bajo un sol sin clemencia, tarapaqueando con el cuerpo tibio y el alma encendida. Necesita algo fresco y aparece en el mercado con su jugo de mango, y bebe con tanta gratitud, cerrando sus ojitos, como una oración de amor.
Se siente extasiada, libre, feliz, niña, en un estado sublime , donde sus pasos se vuelven más lentos no por cansancio sino por una intuición extraña, como si el viaje estuviera a punto de revelarse. Cruza la puerta de la casa y el tiempo se detiene, la cocina respira a cilantro a cedrón y hierba luisa. Al fondo está la mesa larga y junto a ella su madre, con el delantal puesto, con las manos tibias, con la mirada intacta. Sobre la mesa, mangos brillando como pequeños soles, todo dispuesto, todo esperando. Ella se queda quieta porque no sabe si ha llegado o si siempre estuvo ahí, y entonces ve a su madre, chiquita, morena, con su pelito medio crespo, con su voz suavecita y esa mirada profunda donde no se sabe si cabe la tristeza o la alegría misma, pero ahí está mirándola con los brazos abiertos, esperándola sin pedir explicaciones, solo para abrazarla, y cuando por fin la tiene cerca y el aire se vuelve tibio y conocido, la madre le susurra como si nunca se hubiera ido, cálmate hijita, la espera ya ha terminado.
Sonia Pereira Torrico







