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Donde terminaba la calle

9 septiembre, 2026
en Cultura y Espectáculos
Donde terminaba la calle
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Por Iván Vera-Pinto Soto
Cientista social, pedagogo, dramaturgo

Cuando era niño, yo creía que el puerto comenzaba donde terminaba la calle. Para mí, aquel era su último destino: después solo estaba el mar.

Vivíamos a una cuadra del Muelle Prat, en una casa de madera de dos pisos, con un pequeño balcón desde donde alcanzaba a verse una franja de mar. Pasaba las tardes apoyado en la baranda, mirando los barcos, las gaviotas y el ir y venir de la bahía, mientras el viento me revolvía el pelo.

Desde adentro, Toyita, mi madre, gritaba:

—¡Panchito!

Yo fingía no escucharla. Chumbeque, mi gato, permanecía a mi lado, inmóvil, atento también al horizonte.

Los domingos bajábamos con mis amigos al embarcadero. Los botes atracados se convertían en nuestros barcos y nosotros éramos capitanes, pescadores y marineros hasta que alguno gritaba que venía una tormenta.

Entonces todos éramos náufragos. Saltábamos entre risas y, unos minutos después, volvíamos a embarcarnos. El embarcadero era nuestro patio y el mar estaba tan cerca que parecía bastar una cuadra para llegar hasta él.

Pero para aventurarnos no siempre necesitábamos botes. En la primera cuadra de San Martín había una gran pileta sin agua. Para los mayores era una estructura de cemento que ya nadie usaba; para nosotros, en cambio, era un castillo. Sus bordes eran murallas, las grietas se convertían en pasadizos secretos y cualquier desnivel servía para escondernos de los enemigos. Uno era rey, otro soldado, otro prisionero. Yo podía ser capitán de barco por la mañana y caballero por la tarde.

Cuando alguno gritaba:

—¡Ahí vienen!

Todos corríamos a ocupar nuestros puestos. Al salir de allí, siempre habíamos ganado alguna batalla. Por eso, cuando recuerdo aquel lugar, no veo cemento. Recuerdo una fortaleza.

También íbamos a la Plaza Prat. Yo quedaba fascinado con el tambor mayor del Regimiento Carampangue, al que llamaban “Paquete”. Marchaba con el uniforme impecable y hacía girar la guaripola con una destreza que me hipnotizaba.

De regreso, cualquier palo servía para imitarlo y algunas tardes seguía viendo la guaripola girar delante de mí, mucho después de que “Paquete” se hubiera perdido de vista.

La vecindad tenía sus propios personajes. Uno de los más inolvidables era el vendedor de erizos. Su voz llegaba antes que él:

—¡Erizoooo!

Era ciego y caminaba acompañado por un muchacho delgado, de piel tostada por el sol. Llevaba una canasta repleta de erizos y unos anteojos negros que parecían lentes de soldador.

Nosotros íbamos detrás de él a cierta distancia y, cuando desaparecía por alguna esquina, su grito continuaba flotando entre los techos hasta perderse calle abajo.

Después pasaba la carreta de Sciaraffia con el pan y la leche. Recuerdo sus ruedas crujiendo sobre el pavimento y al repartidor, cuaderno bajo el brazo, anotando las cuentas de los vecinos. Yo no entendía para qué servía aquel cuaderno, pero sabía que aquel hombre conocía a todos los de la cuadra.

Mientras yo crecía, Iquique empezó a cambiar. Las construcciones de madera fueron cayendo una tras otra, los edificios crecieron como si durante la noche alguien les agregara un piso y los automóviles ocuparon los espacios donde antes jugábamos. Las voces de los vendedores comenzaron a perderse entre el ruido del tránsito.

Por eso me demoré tanto en regresar. Mientras no lo hiciera, mi casa podía seguir donde la recordaba: la madera, la escalera, el balcón, la voz de Toyita, el ruido del puerto y el gato junto a mí. Temía descubrir que todo había sido distinto.

Hasta que un día volví. Recorrí aquellas huellas en busca de alguna señal de la infancia que aún llevaba conmigo.

Entre los edificios surgían, por momentos, balcones de madera, patios desaparecidos y rincones que reconocía antes de saber por qué. Era como caminar entre dos tiempos.

De pronto, escuché el crujido de unas ruedas.

Miré hacia atrás. Por un momento vi pasar la carreta de Sciaraffia, lenta, como antes, repartiendo pan y leche de puerta en puerta. Parpadeé y había desaparecido. Solo quedó un automóvil detenido frente a un semáforo.

Tomé rumbo hacia San Martín. Busqué el estanque y me detuve ante el sitio donde antes jugábamos. De pronto creí oír nuestras voces

—¡Ahí vienen!

Me volví, pero no había nadie.

Eché a andar. Llegué donde alguna vez estuvo nuestra casa. No quedaba nada. Solo el nombre de la calle permanecía, como si se negara a desaparecer.

Levanté la vista. En uno de los edificios había un balcón. No era el mío. Sin embargo, un chico estaba sentado allí, con las piernas colgando y el viento revolviéndole el pelo. A su lado estaba Chumbeque.

Me quedé mirándolo. El niño levantó la cabeza, como si me esperara. Quise acercarme, pero una gaviota cruzó frente al balcón. Cuando pasó, él y el gato habían desaparecido. Solo quedó el vacío.

Me encaminé hacia el muelle. Una cuadra más abajo corría el antiguo ferrocarril salitrero. Cerca de la estación, los vagones pasaban tan cerca que podíamos subirnos y jugar a ser viajeros rumbo a tierras lejanas. Los rieles se alejaban de la ciudad. El mar abría otro camino hacia lo desconocido.

Me detuve a escuchar.

Ya no estaban las ruedas de la carreta, las voces de los vendedores ni el balcón con aquel niño.

Solo quedó el rumor del mar. Y entonces volvió aquella voz:

—¡Erizoooo!

El grito volvió a sonar, esta vez más cerca.

Miré hacia la esquina. Una canasta descansaba junto al muro. La levanté. Estaba vacía. Sin embargo, conservaba un olor profundo a mar. La dejé nuevamente en el suelo y me alejé.

La calle terminaba en el mar.

Al mirar atrás, creí ver el balcón, al niño y a Chumbeque. Luego, todo se desvaneció.

Seguí adelante.

Y detrás de mí, como si viniera de otro tiempo, volvió a oírse:

—¡Erizoooo!

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