Hay películas que se quedan viviendo en la memoria, como si hubieran encontrado un lugar secreto dentro del corazón y desde ahí siguieran en silencio proyectándose una y otra vez a través de los años.
Una muchacha fue creciendo así, en su espacio secreto, en su pieza de cuatro paredes que se transformaba en su universo. Allí escribía, leía y soñaba. Extendía sus alas como una gaviota que rodeaba su morada, suspendidas sobre el cielo opalino. Estaba también pendiente del cine, como si en cada película se escondiera una pista de su propia vida.
Su primera experiencia en la pantalla grande fue E.T., en el año 83, llevada de la mano por su tío. Después vino La Cenicienta, en la matiné de las doce, con filas eternas de niños y familias esperando ver a esa niña pobre y humillada que, contra todo pronóstico, se convertía en una reina. Más tarde llegó Moonwalker, con Michael Jackson, a la que fue con su hermano ya más grande, compartiendo una fascinación increíble. Y luego, Mi pobre angelito, también con él, riendo juntos en primera fila, sintiéndose importantes, casi famosos, como si el mundo entero se hubiera puesto de acuerdo para mirarlos.
Quién iba a pensar que ese hermano terminaría siendo un trovador de bares y antros y ella en silencio, se convertiría en una artista.
Pero fue en 1992 cuando ocurrió algo mágico. Iba en segundo medio cuando fue con su mejor amiga a ver «El guardaespaldas» en el cine Tarapacá. La sala estaba llena, y a ratos caían gotas desde el techo o se cruzaban las baratas por el suelo, pero nada de eso importaba. Porque en la pantalla aparecía él, Kevin Costner, el galán de galanes, el hombre que protegía sin preguntar. Y junto a él, una voz que no había escuchado antes. «I Will Always Love You» se volvió un hechizo. En su afán obsesivo, la muchacha la escuchaba una y otra vez en la radio océano, como si en esa canción pudiera encontrar una explicación a su corazón apasionado. El guardaespaldas era eso, un hombre destinado a cuidar, a velar por la vida de otro, a sostenerla frente a la amenaza. El final de la película ya lo conocen todos, pero eso no importaba. Ellas salieron felices del cine, comentando cada escena y emocionadas.
A veces, esa muchacha se sentía como la contadora de películas de aquel libro que años después escribiría Letelier. A veces sentía que ni siquiera habitaba del todo en su propia vida, como si caminara un poco fuera de sí misma por el paseo por el Tontódromo, esperando que alguien la mirara, que alguien la eligiera para caminar de la mano por las calles del puerto, como en una escena que todavía no terminaba de escribirse. Las dos amigas quedaron en silencio apenas cruzaron la puerta. Afuera había una tremenda fila, una que esperaba comprar la entrada, y otra que ya se alistaba para ingresar a la sala. Afuera estaba Campanita, vendía dulces, caramelos, helados. Y esa muchacha, necesitaba urgente algo dulce en su boca, en medio de la agonía que le apretaba el pecho. Compró sin dudar un chumbeque, un kapo, y algunas pastillas media hora. Y entonces caminaron raudas por calle Aníbal Pinto, cruzando la Plaza Prat que todavía era arbolada, una plaza preciosa, un jardín del Edén en medio de la ciudad. Las palmeras se mecían como si recordaran otras épocas, otros pasos, otras voces. Las flores abrían sus colores y cada banco, cada sendero, cada camino parecía guardar la memoria de otras gentes. Y mientras avanzaban, la película, la música, la historia de ese amor imposible, les golpeaba en el pecho. Y en ese caminar por la Plaza Prat iban con el corazón desbordado,
El Teatro Municipal, templo de la memoria, donde padres, madres, tíos y amigos habían ido a ver películas cuando eran jóvenes. Más allá por calle Baquedano, la señorial, donde aún cruzaban los autos y la calle no era todavía un paso peatonal. En esa avenida todos se miraban, todos se saludaban. Y en ese mismo recorrido, la librería Albión Austria, existía la atención personalizada entre el dueño y el cliente, El cliente no se quería ir, porque en ese lugar lo escuchaban, lo miraban, lo acompañaban, como si también allí hubiera un guardaespaldas invisible.
El guardaespaldas no era solo el de la película, era también esa ciudad que las había visto crecer, los sabores, aromas, la calle que la reconocía y los momentos felices de toda la vida.
Sonia Pereira Torrico







