El doctor Héctor Reyno fue un excelente médico, humano, humilde, el médico que veía a toda la familia iquiqueña y pampina. Era de esos que iban a visitar pacientes a su propia casa.
Tenía su consulta en calle Zegers, pleno centro de la ciudad. Atendía a quien lo necesitaba y en cualquier momento y hora. También realizaba visitas a domicilio con su típica citrola y linterna para ver la numeración de la casa. Se levantaba en la madrugada, para ir a ver los enfermos, cuando requerían de su servicio, ¿quién hace eso hoy?
Si no tenías dinero, no le importaba y si no tenías para comprar remedios, el doctor Reyno te los regalaba. En muchas ocasiones se conformaba con unas monedas o dos mil pesos. «Después chiquilla me pagas», le dijo en un par de ocasiones a mi madre.
Mi abuela de 14 años, en la década de los 40, necesitaba trabajar. Hambre y cesantía se vivía por esos años en la ciudad. El Doctor Reyno, muy jovencito, le dijo:
-Chiquilla atolondrada, que te pasó que vienes con la cara deslavada. Cámbiate esos zapatos viejos, necesitas otros nuevos para trabajar.
-Por eso estoy aquí doctor, para que me de trabajo y un espacio en el hospital.
– ¿Qué sabes hacer? .
– Sólo soy una niña con ganas de aprender.
-Tienes manos de cirujano, te pondré de aprendiz de farmacia. Mañana a primera hora, con la cara sin modorra, dejarás tu casa de Serrano 1089, por este nuevo elefante blanco, aquí aprenderás a preparar ungüentos mágicos para las quemaduras, moretones e hinchazones.
Mi abuela relataba que lo bueno y lo malo, lo conoció en el hospital y la calidad humana en la persona del doctor Reyno.
El doctor Héctor Reyno nació un 12 de febrero de 1909 en Talcahuano, estudió en la Universidad de Concepción y Universidad de Chile, obteniendo su título el 25 de noviembre de 1936. Cuenta la leyenda urbana, que era una persona muy culta, deportista, conversador y médico de cabecera de muchas familias. Contrajo matrimonio con Juana Fan, que falleció tempranamente, dejando dos hijos Héctor Raúl y María del Pilar. Mi abuelita Berta comentó con tristeza ese episodio, que enlutó a la comunidad iquiqueña. La chinita Juanita era su amiga. Cuando se enfermaba, la llamaba y le decía: » Oye niña, ven a cuidarme y conversar de la vida un ratito». El doctor cuando llegaba del club de tenis en su citroneta galáctica, las asustaba y se enojaba, diciendo: ¡Por Dios! ¡Estas chiquillas locas de qué tanto hablan!
Como funcionario del Hospital de Iquique, se desempeñó como Director en varios períodos, empezando en 1939, después desde 1946 a 1960 y 1980 a 1982. El Dr. Reyno fue premiado como Hijo Ilustre de Iquique y la Cruz Roja lo tuvo como Médico Voluntario.
A veces uno cree que este tipo de personas son eternas, que estarán siempre a nuestro lado para cuidarnos. Pero se van, como un soplo de vida, dejando un legado de ese Iquique amigable, donde la nobleza obliga, donde la palabra empeñada vale ante todo. Lugar del ciudadano a pie, de grandes y chicos sacando las machas con los pies y el Longino entrando a la Estación del Puerto (o de la Aduana). Ese Iquique donde era común saludar a yugoslavos, chinos, ingleses, italianos y al querido doctor Reyno.
Sonia Pereira Torrico
Fotografía: Hernán Pereira Palomo






