Por Iván Vera-Pinto Soto, Cienista social, pedagogo, dramaturgo
En mi casa, el fútbol entraba por la Philips de tubos y por las revistas Estadio y El Gráfico. Yo movía despacito la perilla hasta encontrar un partido y me aprendía los nombres de los jugadores mirando sus fotos. Cuando el relator gritaba un gol, yo me imaginaba que algún día iba a estar en una cancha y que todos escucharían mi nombre.
Los fines de semana jugábamos donde hubiera un pedazo de terreno. También estaba el Club Expreso, que presidía el zapatero Mario «Pelao» Acuña. Los domingos salía temprano por el barrio a buscar muchachos para jugar. Llegaba con un saco grande al hombro, lleno de pelotas, camisetas y cosas para el partido. A mí me gustaba verlo llegar así, porque sabíamos que ese día había fútbol.
Yo jugaba de zaguero central y quería ser como los argentinos que veía en las revistas. Metía la pierna fuerte, tiraba de la camiseta y más de una vez terminé expulsado. Al pobre dirigente le tocaba pagar mis multas. Yo creo que, cuando me veía entrar a la cancha, ya se iba tocando los bolsillos.
Un día anunciaron que Colo-Colo venía a Iquique para jugar contra la Selección Iquiqueña.
—¡Colo-Colo en Cavancha!
Para nosotros fue tremendo. Conocíamos a los jugadores por la radio, las revistas y lo que contaban los grandes, pero esta vez los íbamos a ver de verdad. Y venía Chamaco Valdés. Ese nombre lo había escuchado tantas veces que me costaba imaginarlo ahí, a unos metros de nosotros, corriendo detrás de la pelota.
También empezaba a sonar el nombre de Carlos Caszely. Decían que hacía unas gambetas increíbles y le llamaban «el rey del metro cuadrado». Yo pensaba que, para hacer esas cosas, la pelota debía ir amarrada a sus zapatos.
El Colo-Colo venía a jugar al Estadio Municipal, con su cancha de tierra y sus graderías de madera. Ese día salimos temprano, porque yo no quería llegar tarde. Por las calles iba mucha gente. Algunos llevaban camisetas, otros iban con banderas, y todos hablaban del partido. Nosotros apurábamos el tranco para no perdernos nada.
Mientras más nos acercábamos, más gente había. Se escuchaban los vendedores, los bocinazos y los gritos. La entrada estaba llena y los carabineros trataban de ordenar a los que empujaban para pasar. Había tanta gente que parecía que todo Iquique quería entrar.
En la avenida Balmaceda nos quedamos mirando desde lejos. La verdad es que no teníamos ni un veinte para pagar la entrada.
—¿Y qué hacemos? —preguntó Jorge.
Nadie contestó.
Entonces Memo miró hacia un costado.
—Por atrás.
Ya sabíamos lo que quería decir.
Nos alejamos de la entrada y dimos la vuelta al recinto. Por ese lado casi no se veía a nadie. Llegamos hasta una pared como de dos metros. Del otro lado se escuchaban los gritos y, de repente, algún nombre de jugador.
Memo era el más grande y siempre decía que sabía cómo hacer estas cosas. Encontró unas piedras, las puso contra el muro y nos dijo:
—Métanse ustedes. Yo subo después.
—Primero yo —dijo Ricardo.
El pecoso se encaramó como gato y pasó sin problemas. Después me tocó a mí. Me subí a los hombros de Memo, alcancé el borde y traté de pasar una pierna. Se me resbaló el pie y casi me fui para atrás.
—¡Agárrate! —me gritó Gilberto.
Me afirmé como pude y salté. Caí medio de rodillas. Ricardo me ayudó a levantarme. Después pasaron Jorge y su hermano Gilberto.
Nos miramos los cuatro.
¡Habíamos entrado!
Pero faltaba Memo.
Corrimos hacia los baños que estaban debajo de las graderías. Queríamos escondernos un rato y después salir de a uno, como si hubiéramos ido a orinar, para mezclarnos con la gente.
Pasaron unos minutos y aparecieron los dedos de Memo por encima del muro.
—¡Ya viene! —susurró Ricardo.
Se agarró del borde y empezó a subir. Le faltaba pasar una pierna cuando escuchamos unos pasos muy cerca. Nos quedamos quietos. Primero apareció una gorra verde y después la cara.
Era el Cabo Larrondo.
A mí se me apretó la guata. Lo conocíamos porque más de una vez había pillado a cabros entrando sin pagar.
Memo levantó la cabeza y lo vio.
—¡Oye, cabro mierda!
Mi amigo quedó tieso como estatua.
Ricardo me apretó el brazo y Jorge se agachó. Yo me metí detrás de una viga y traté de no respirar fuerte.
—¡Bájate de ahí, huevón!
Larrondo lo agarró de un brazo y lo hizo bajar.
Nosotros no nos movimos. Yo quería ayudar a Memo, pero tenía miedo de que nos descubriera. Así que seguimos ahí, sin decir ni pío.
A empujones se lo llevó por el medio de la cancha, hacia la puerta que daba a la playa. En eso, el público se dio cuenta de lo que pasaba y empezaron los chiflidos y gritos.
—¡Malo!
—¡Deja al cabro!
—¡Paco reculiao!
Memo iba con la cabeza agachada. Desde donde estábamos se veía chiquitito. Nos dio pena, pero estábamos fritos. No podíamos hacer nada.
De repente, los gritos se transformaron en hurras y aplausos. Los jugadores de Colo-Colo estaban entrando a la cancha y todo el estadio se puso de pie.
¡Increíble! Ahí estaba Chamaco Valdés.
Lo había escuchado tantas veces por la radio y lo había visto en las revistas que me costaba creer que estuviera ahí, corriendo de verdad, en nuestra cancha. Le grité con todas mis fuerzas, aunque sabía que no me iba a escuchar.
Después apareció Caszely. Yo conocía su nombre por la radio y ahora lo tenía frente a mis ojos. Muy relajado, hacía jueguitos con la pelota y la volvía a agarrar sin que se le escapara. Yo trataba de cachar cómo lo hacía. Parecía que la tenía amarrada a los zapatos.
Cuando empezó el partido, todos gritaban por cualquier cosa. Si Colo-Colo llegaba cerca del arco, nos parábamos de golpe. Si perdían la pelota, alegábamos. Y si había una jugada buena, nos empujábamos de la pura emoción.
Yo no sabía a quién seguir: primero a Chamaco, después a Caszely. En una jugada, Caszely recibió un pase, se metió entre dos defensas y salió por el otro lado con la pelota pegada a los pies.
—¡Vamos, Caszely!
Grité igual que todos.
Los nuestros también se defendían como podían y cada vez que se acercaban al arco nos volvíamos locos, saltando y alegando como si estuviéramos jugando nosotros.
Al final, Colo-Colo terminó ganando, pero a mí ya casi me daba lo mismo. Había visto jugar a Chamaco Valdés y a Caszely de verdad.
Por un segundo me imaginé allá abajo, con una camiseta puesta, corriendo detrás de la pelota y escuchando a la gente gritar mi nombre.
Apenas sonó el pitazo final, salimos de las graderías junto con la gente y nos fuimos hacia los camarines. Queríamos ver a nuestros ídolos de cerquita.
Nos subimos a una pared y quedamos todos amontonados, tratando de mirar por encima de los otros, cuando de pronto escuché:
—¡Cuidado, Panchito!
Giré la cabeza y alcancé a ver una luma que venía directo hacia mí.
No alcancé ni a esquivar.
¡Paf!
El golpe me llegó medio a medio en el brazo y caí al suelo. Por un rato se me olvidó Colo-Colo, Chamaco y los camarines. Solo quería salir de ahí. Me levanté como pude y salí disparado.
Afuera, en la puerta del estadio, había una micro esperando pasajeros. Me subí al tiro y me fui para la casa, apretándome el brazo contra el cuerpo.
Durante el camino lloré. Miraba por la ventana y trataba de mover el brazo de vez en cuando. Apenas podía. El dolor seguía fuerte, pero yo solo quería estar en mi casa.
Cuando llegué, Toyita, mi mamá, estaba esperándome en la puerta. Tenía preparado un tecito y una marraqueta con aceitunas de Azapa.
Me miró apenas entré.
—¿Qué te pasó?
—Nada.
Me senté tratando de hacerme el leso y agarré la marraqueta con la mano buena. El otro brazo lo dejé quieto, pegado al cuerpo.
No podía contarle que habíamos entrado al estadio a la mala y que un carabinero me había pegado un lumazo. Si le decía la verdad, primero venía el reto y después capaz que no me dejaran salir nunca más. Había que morir en la rueda, nomás.
Tomé un sorbo de té y traté de aguantar, pero el brazo me palpitaba debajo de la camisa.
Esa noche me acosté con una toalla húmeda sobre el brazo, a ver si se me pasaba. Con el dolor que tenía dormí casi nada.
Al día siguiente todavía me dolía el brazo por el golpe. Para más remate, tenía Educación Física en la playa con el profesor Franklin. Traté de hacer los ejercicios como si nada, pero el brazo no me acompañaba.
El maestro se dio cuenta.
—¿Qué te pasó, Panchito?
Ya no pude seguir inventando y le conté que me había caído y me había golpeado el brazo. Entonces me mandó derechito para la casa.
Apenas entré, Toyita me miró sorprendida.
—¿Por qué llegaste tan temprano?
—No sé.
Se fijó que me agarraba el brazo.
—¿Te pasó algo?
—Me caí.
—¿Y dónde?
Ahí no supe qué decir.
Bajé la cabeza.
Ella no dijo nada. Me tomó el brazo, lo revisó con cuidado y fue a buscar algo para aliviarme. Volvió con un par de bistecs y me los puso encima del golpe. Después trajo hielo.
Yo no sabía si los bistecs servían para los golpes, pero tampoco iba a discutir con mi mamá.
El dolor siguió varios días, hasta que de a poquito empezó a desaparecer.
Pasó el tiempo y la radio Philips seguía en la mesa del comedor, como siempre. Cuando transmitían fútbol, movía despacito la perilla hasta encontrar la voz del relator. Le subía el volumen y salía al patio con mi balón.
Desde adentro llegaban los gritos:
—¡Gol! ¡Gol! ¡Gol!
Yo le pegaba contra la pared.
¡Paf!
Volvía a mis pies.
¡Paf!
Otra vez.
Mientras escuchaba al relator nombrar a los jugadores, me imaginaba en una cancha, con la camiseta puesta y la gente gritando mi nombre.
Entonces le pegaba con todas mis fuerzas.
¡Paf!
Y entre un golpe y otro, juro que escuché:
—¡Gooool de Panchito!
Salté tan alto que casi llegué al cielo.








