Por: Manuel Morales González
Hay algo de lo que está pasando hoy en Santiago que, sinceramente, no me cuadra, durante varios días hemos escuchado a meteorólogos, organismos técnicos y medios de comunicación hablar de las condiciones que se aproximaban; sabíamos que venía lluvia importante, conocíamos sectores vulnerables y más aún, hace pocos meses el Gobernador Regional de la Región Metropolitana había identificado 175 puntos críticos de muy alto riesgo frente a lluvias, entonces mi pregunta natural es: si sabíamos que venía el fenómeno y conocíamos nuestras vulnerabilidades, ¿qué nos faltó?
No pretendo buscar responsables, tampoco sería serio de parte mía hacerlo mientras la emergencia todavía está en desarrollo, pero sí creo que lo ocurrido nos entrega una tremenda oportunidad para conversar sobre algo que hace un tiempo me viene dando vueltas en la cabeza: el tensionamiento de un territorio.
Lo explico de manera sencilla… Un territorio normalmente no colapsa de un minuto para otro, primero avisa… empieza a llover y aparentemente no pasa nada; después se acumula agua en algunos sectores, aumentan los caudales, los colectores comienzan a exigirse, aparecen los primeros anegamientos, una calle pierde capacidad, otra comienza a congestionarse, aumentan los llamados de emergencia, alguna quebrada empieza a reaccionar y determinados servicios tienen cada vez menos capacidad para absorber nuevos problemas.
Todo sigue funcionando, pero ya no funciona igual y ahí está, a mi juicio, una señal que muchas veces no miramos con suficiente atención: el sistema está perdiendo margen, eso es lo que yo entiendo por tensionamiento.
Dicho de una manera un poco más técnica, es la pérdida progresiva de la capacidad normal de un sistema para absorber una perturbación sin afectar su funcionamiento, pero prefiero decirlo más simple: todavía no colapsa, pero cada vez aguanta menos, y eso cambia bastante la forma de mirar una emergencia.
Porque una cosa es el pronóstico meteorológico y otra distinta es observar lo que esa amenaza está haciendo sobre el territorio, el pronóstico nos puede decir cuánto podría llover, dónde y durante cuánto tiempo; información absolutamente necesaria, pero después viene otra pregunta: ¿Qué está pasando allá abajo mientras sigue lloviendo?… Ahí entran las quebradas, los cauces, las calles, los colectores, las rutas, la electricidad, las telecomunicaciones, los hospitales, bomberos, los municipios y también las personas. Y cuando varias de esas variables comienzan a deteriorarse al mismo tiempo, ya no estamos solamente frente a una lluvia; estamos frente a un territorio que comienza a tensionarse.
Lo ocurrido este jueves en la zona precordillerana de Santiago, con la activación de una quebrada y una remoción en masa en Las Condes, llevó posteriormente a declarar Alerta Roja para diez comunas de la Región Metropolitana, no digo que aquello necesariamente se pudiera haber evitado; sería irresponsable afirmarlo.
Mi pregunta va por otro lado: ¿qué señales entregó el territorio antes de llegar a ese punto? Porque ahí creo que está una parte importante de la gestión del riesgo que debemos fortalecer y esto lo aprendí observando algo completamente distinto. Durante la Fiesta de La Tirana analizaba cómo, con el paso de las horas, la explanada comenzaba lentamente a llenarse; llegaban peregrinos, bailes religiosos, músicos, familias, vehículos, disminuían los espacios disponibles y se hacía más compleja la circulación, no había ocurrido ninguna emergencia, pero algo estaba cambiando, la explanada se estaba tensionando y entender eso permitía anticiparse, porque no necesitábamos esperar que el lugar estuviera completamente colapsado para comenzar a tomar decisiones.
Hoy creo que el mismo concepto sirve para mirar una carretera con niebla, un hospital aumentando progresivamente su demanda, un incendio que comienza a consumir recursos y abastecimiento de agua o una ciudad sometida durante horas a precipitaciones; la amenaza puede ser distinta, la lógica es la misma. Por eso pienso que quizás debemos comenzar a complementar nuestras alertas tradicionales con algo más dinámico: indicadores que nos permitan reconocer cuándo una ruta, una quebrada, un sector de una ciudad o incluso un servicio crítico empieza a perder capacidad y asociar esos indicadores a decisiones, porque ahí está la verdadera anticipación, no necesariamente en saber exactamente qué ocurrirá, sino en reconocer que las condiciones están cambiando y que nuestro margen de seguridad se está reduciendo.
Si esperamos el desborde para cerrar una ruta, el aluvión para evacuar o el colapso para reforzar los recursos, probablemente ya no estamos previniendo, estamos respondiendo y quizás esa sea la reflexión que debamos hacer después de hoy en Santiago.
Tenemos mejores pronósticos, más tecnología, mapas de riesgo, radares, estaciones meteorológicas y una enorme cantidad de información, pero toda esa información sirve realmente cuando somos capaces de transformarla oportunamente en decisiones, porque los territorios hablan, las rutas hablan, los ríos hablan, las quebradas hablan y también las ciudades hablan… El desafío está en aprender a reconocer cuándo empiezan a tensionarse. Porque anticiparse en gestión del riesgo no es adivinar el futuro, es algo mucho más concreto: Es saber leer las señales del presente mientras todavía tenemos tiempo para actuar.
Y quizás ahí está la diferencia entre administrar una emergencia o adelantarse a ella.








