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El Tren de la Infancia

7 junio, 2026
en Columnistas
El Tren de la Infancia
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Por Iván Vera-Pinto Soto, Cientista social, pedagogo y dramaturgo

Primero sonó el silbato. Luego, una vibración tenue recorrió el andén y los vagones. Solo entonces entendí que el viaje había comenzado. Era diciembre de 1959 y yo era demasiado niño para comprender lo que significaba dejar atrás una tierra entera. Partíamos desde Iquique en el Longino, rumbo a Santiago. Íbamos mi madre, Victoria, mi abuela Ignacia y yo. Sin saberlo, también nos acompañaba una ausencia.

La estación de la calle Rafael Sotomayor estaba llena de gente. Toda partida tiene algo de eso: más voces que palabras, más abrazos que despedidas bien dichas. Maletas amarradas con cordeles, vendedores que gritaban sin apuro, como si incluso el tiempo tuviera que subirse al convoy. El aire olía a carbón caliente y a algo que estaba por quedarse atrás.

Victoria había preparado todo hasta el último detalle. Con los años comprendí que no se trataba solo de la partida. Era su forma de no dejarse caer. En una canasta de mimbre llevaba huevos duros, té en termos, frazadas y un almohadón que parecía destinado a sostener el cansancio de la travesía.

La locomotora avanzó con lentitud, como si le costara abandonar la ciudad. Las casas fueron quedando atrás. Luego el mar. Hasta que surgió la pampa: inmensa, silenciosa, antigua. Como si hubiera estado allí desde siempre, aguardando nuestro paso.

En las subidas parecía que la máquina hacía fuerza junto con nosotros. El humo y el polvo entraban por las ventanas y se quedaban en la ropa, en la piel, en la garganta. En el norte, todo deja rastro.

Los túneles no avisaban. Bastaba cruzar uno de ellos para que el mundo desapareciera. Adentro no se escuchaba otra cosa que el ruido del tren rebotando en las paredes. En la oscuridad también se podía viajar sin ver. Y el paisaje reaparecía bañado por una luz implacable, pero afuera nada parecía haber cambiado.

Yo tenía un juego: los postes del telégrafo. Uno tras otro, como si la pampa se fuera ordenando sola. Los miraba pasar y los seguía con la mirada. A veces llegaba a cien. A veces me perdía. A veces el sueño cerraba el recorrido antes que yo.

Mi madre dormitaba, pero siempre estaba atenta. Yo sabía lo que no debía hacer. La escalinata entre los carros era territorio prohibido.

—Ahí no —decía. No hacía falta decir más.

Hasta que la curiosidad pudo más. Esperé un descuido, me acerqué a la puerta y la abrí apenas.

El viento me golpeó en la cara. Entre los carros había un vacío negro. Abajo, los rieles corrían como un río de hierro. Todo temblaba. Todo crujía.

Allí entendí el tamaño del Longino. Era una mole viva. Enorme. Demasiado grande para mí.

No alcancé a dar un paso más. Una mano me retuvo. Era un ferroviario. No dijo nada. Solo señaló el interior del vagón.

Volví sin decir nada. Victoria miraba por la ventana. Cuando me senté a su lado, apoyó una mano sobre la mía durante unos segundos. Eso fue todo. Y bastó.

De vez en cuando aparecía una pequeña estación olvidada por los mapas y por los años. Bajábamos a estirar las piernas. Durante unos minutos llegaban vendedores, noticias y saludos para los que estaban lejos. Después el tren partía, la estación volvía al silencio y el Longino seguía rumbo al sur.

Hubo un tramo largo, muy largo, entre Pueblo Hundido —hoy Diego de Almagro— y Baquedano. Al principio los postes eran compañía; luego costumbre, después duda. Pronto perdí la cuenta. Por la ventana era siempre lo mismo: pampa, horizonte y más pampa. No sabíamos si la mirábamos nosotros o si era ella la que nos iba envolviendo poco a poco.

Era chico, pero escuchaba más de lo que parecía. Entre murmullos, oí una palabra: empampado. No la entendía del todo, pero intuía su peso. Así me imaginaba a quienes se perdían para siempre en aquella inmensidad.

Cuando caía la noche, todo parecía más grande. Las estrellas estaban tan cerca que uno tenía la impresión de que viajaban con nosotros. Algunas corrían al mismo ritmo del tren; otras se detenían sobre el desierto como faroles encendidos para los empampados. Mi abuela rezaba en voz baja, como quien conversa con viejos conocidos. Y yo llegué a creer que cada silbato de la locomotora despertaba a una estrella distinta sobre la oscuridad del desierto.

Mientras tanto, Victoria tarareaba bajito el bolero Historia de un amor. Mi padre había muerto pocos meses antes. Yo no alcanzaba a percibir el peso de aquella ausencia. Pero hoy creo que cantar era su manera de mantenerse en pie.

Hubo un momento en que dejé de contar postes. No porque no pudiera, sino porque algo estaba cambiando. Primero aparecieron árboles. Después cercos. Luego caminos. Más tarde, casas. Muchas casas. Y al cabo de tres días y dos noches, Santiago empezó a levantarse frente a nosotros como una ciudad que hubiera estado esperándonos.

Cuando ese niño que fui parecía haberse quedado atrás, supe que el Longino realizó su último recorrido en 1975. Partió con pocos viajeros. Muy pocos. Como si ya estuviera entrando, silenciosamente, en el pasado.

A pesar del tiempo, todavía vuelven imágenes de aquellos días en el Longino: el tirón del arranque, el hollín en las manos, los túneles, el traqueteo de los rieles y Victoria sirviendo té una y otra vez.

A esa edad creía que la locomotora se alimentaba de carbón. Con los años entendí que también avanzaba gracias a la fuerza de mi madre. Aquel viaje nunca terminó. El Longino se borró de los mapas, el silencio fue ocupando los andenes y los rieles se cubrieron de chusca. Pero algunas noches todavía cruza la pampa.

No lo hace con ruedas ni con carbón. Avanza por la memoria de quienes alguna vez escucharon su silbato. Se detiene en estaciones que ya no existen, recoge pasajeros que ya partieron y vuelve a ponerse en marcha antes del amanecer. Entonces veo a Victoria junto a la ventana, a mi abuela acomodando las frazadas, y al niño que fui contando postes en medio de la noche, postes que nadie más puede ver.

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