El segundo himno de Iquique dice: imborrables son las noches en Iquique. La avenida Balmaceda señorial. En la vida nada hay que mortifique. El recuerdo de su cielo angelical. (Gilberto Rojas)
Poco y nada queda de ese Iquique, donde caben todos los horizontes, construido en base al auge del salitre y pesquero.
En los setenta, la juventud se divertía en el «Ragú», «Don Sata», «Judevi», «Quinta de recreo Tropical», «La Casa del Deportista», «Club Norteamérica», «ociedad Hermógenes San Martín», «Sindicato de Paraderos y Taxistas», el “J.P.”, local de «Estibadores Marítimos», «Casino Español», «Club la Unión», el «Hotel Prat» y otros.
Es a partir de 1982 aproximadamente que mi memoria emotiva comienza a desarrollarse y activarse en detalles, palabras, mensajes, imágenes, aromas, colores y emociones.
Geográficamente mi Iquique querido fue creciendo ; al este con el Morro; al oeste con los tambores del agua; al norte con la Zofri y al sur con la «Villa Magisterio». Rodeado en todo su esplendor y magnitud por el «Cerro Dragón»; pareciera que tal dragón dormido abrazara a mi puerto y lo protegiera de guerras y calamidades.
La arquitectura de mi ciudad en esos años era elegante y de corte inglés en su calle señorial ( Baquedano), pero el resto de las casas se caracterizaban por sus techos planos. Sólo existía un edificio, el conocido «Ticnamar», ubicado en el sector de La Puntilla.
Mis primeros pasos fueron cimentados en mi adorado «Barrio el Morro», con una vida muy simple, propia de una niñita de los 80. (colegio público, vestidos de la modista, veía el programa » Mazapán», corte príncipe valiente, jugaba al cordel y coleccionaba esquelas) El Iquique que contemplaba en esos años era de una total quietud o taza de leche. Las únicas revueltas se generaban por las peleas entre «Los Moonchiry» o » Los Moonwalker». Calles silentes esperando el atardecer; pasaba un auto cada quince minutos, el teléfono era escaso, acompañaba a mi madre al Correo o a enviar un telex. Ir al centro se traducía en estar prácticamente en vivir en una comunidad; todos nos conocíamos y nos saludábamos con un «avísale» y un «avisándole». Se tomaba tecito o el lonche a las cinco y se jugaba lota o bingo los domingos en la Escuela 4 o en el Club Rápido.
La visión del Iquique de antaño con el actual, fue cambiada radicalmente en su geografía; ahora dominada por «elefantes» de cemento repartidos desde la Zofri hasta Bajo Molle .
El edificio Atalaya constituye el hito más importante por excelencia y el principio de la explosión demográfica e inmobiliaria que abarcó la decada de los 90 ; retomando con más fuerza en los 2000.
El Plan Regulador se está convirtiendo en una amenaza con los antiguos edificios y lugares de esparcimiento de antaño. Sucedió con el Seguro Obrero, el Cine Delfico, la Casa del Deportista, casas de pino oregón, el Bar Inglés, cines y discotheques. Hoy por hoy, la ex disco «P’haros» está reducida a escombros, para quizás una nueva construcción de la industria inmobiliaria.
Así como la juventud de los 70 lloraba las imborrables noches de la bohemia iquiqueña en el «Ragú», «Don Sata» o «Judevi». Los hijos de esa época lloran el último adiós a la disco más concurrida de los años 90. La mejor de todas, marcando varias generaciones, con fiestas sin alcohol, entradas gratis para las mujeres, se hacía la previa en los estacionamientos, se bailaba la música techno en la escalera. Época donde no había peligro, se iba y se regresaba caminando por la ex playa larga. La entrada incluía un cover. Recuerdo como si fuera ayer, ir a la disco más hermosa que mis ojos hayan imaginado, era gigante, con enormes pilares, y figuras magnánimas en la entrada. Miles de personas, caminando, conversando, fumando y bailando donde rompen las olas. Tenía 17 años por ese entonces y guardo esta emoción en el pecho hasta el día de hoy que veo este lugar despidiéndose para siempre de los iquiqueños fanáticos de la banda sonora de nuestras vidas. Los mejores carretes universitarios se realizaron en la «P’haros», conciertos con «Valija Diplomática» y «Aterrizaje Forzoso», el reloj del cerro anunciando los fines de semana la promoción y el horario. Qué maravilloso ser cómplices del mismo cerro moreno, para bailar los últimos lentos.
En la escalera, como siempre un grupo de jóvenes se movian frenéticos con el ritmo de moda, el tecno. Pero también bailaban al italiano de «Jovanotti», «Simply Red» y «Proyecto uno». La voz del gran Alvaro Allende, agitaba los corazones de todos los jóvenes nacidos en los 70 y 80. ¡Oh!, el dj usualmente colocaba el tema «Inocencia en tus ojos»,de la novela del momento: «Ámame». ¡Que linda época!, donde esperábamos los lentos, el primer beso, el último vodka naranja y el último adiós en la disco más bonita del planeta.
Sonia Pereira Torrico
(Fotografía extraída de Internet por la autora de esta columna).








