Nubes etéreas bajo un cielo opalino.
Niños felices en el balcón de los sueños infinitos.
Eran las vacaciones de invierno de aquellos años 80. Bastaba mirar nuestras ropas; pantalones con rodilleras, vestidos con florcitas, calcetines con vuelito, las zapatillas gastadas y los cortes de pelo tipo melena, para saber que pertenecíamos a una época donde no existían los celulares ni las consolas. Había que salir a buscar la aventura, inventarla, crearla con lo que la vida nos regalaba.
Oh, recojo las miguitas de pan para ir a la partida, así comenzar el juego de la mañana sin prisa. Apoyaré mis brazos en la pared verde musgo.
—¡Escóndete, bandido! Mira que si te pillo, me tendrás que devolver el secuestro del anillo preferido.
Marcaré el piso de cera con una tiza y cuántos cuadros para brincar con la risa. Llegar al final del túnel es mi afán para ganar la partida del luche.
¡Te propongo Toñito!, que subamos al segundo piso de la casa. Allí duerme el tiempo entre discos antiguos, radios añosas, herramientas, carpas, lámparas, platos y jarros enlozados. También descansan los implementos mineros del tata Domingo, como el chuzo, la pala y el combo.
Para nosotros no eran cachureos; eran verdaderos tesoros de un pampino de tomo y lomo.
Juguemos a los astronautas le digo con frenesí a mi hermano. Después armemos una banda musical, la escoba será la guitarra, los tarros de leche Nido serán la batería y las cucharas de palo marcarán avivarán la canción.
Existe un cuarto oscuro al fondo de la casa. Dice la leyenda, que oculta una reunión de brujas y magia a la una. Tratemos de convencer al perro para que nos deje pasar al club de los misterios.
No se ve nada, hermanito; solo se ven círculos de brujería y manchas rojas de algún maleficio.
Es bonita la vida contigo, Toñito querido. La que merecemos vivir sin miedo, como poetas, como dos locos sin tregua, buscando la cerradura dentro de la puerta oscura.
Arriba vamos, a jugar con las radios del pasado, esas que ya no tocan por rotas y añosas.
Seamos unos paganos, como dice Galeano, y con nuestra voz pongamos la voz a los sin voz.
—¿Qué canción te gusta, malilla de la pandilla?
Mientras te decides, yo busco platos y leños para un concierto.
No se te ocurrió nada; a mí tampoco, pero la cumbia del minero, hace gala de un recital maravilloso.
Tocas muy bien con la cuchara de palo; yo no lo hago mal con los tenedores del almuerzo.
—¡Son las doce! Hay que almorzar e ir al colegio. ¿ Dónde estan los servicios?, pregunta inquieta la madre con insistencia
Arriba… donde los sueños son posibles, donde un segundo piso lleno de recuerdos podía convertirse en una nave espacial, en un escenario o en el refugio perfecto para dos hermanos.
Éramos ricos en imaginación y en aventuras. Un segundo piso lleno de cachureos; una escoba podía ser una guitarra, unos tarros de leche Nido una batería y dos hermanos, los protagonistas de la mejor historia.
Sonia Pereira Torrico







