Por Iván Vera-Pinto Soto, Cientista social, pedagogo y dramaturgo
Antes de convertirse en un libro, Riquelme 1245 fue una dirección. Una de tantas en una calle de este puerto. Sin embargo, algunas casas terminan guardando más que muebles y habitantes: conservan conversaciones, silencios y pequeñas historias que se niegan a desaparecer. De uno de esos hogares nace la obra de Pedro Marambio Vásquez.
Nacido en Iquique en 1962, Marambio creció en una comunidad donde la radio acompañaba las tardes familiares, los barrios mantenían un ritmo pausado y cada vecino parecía custodiar una anécdota digna de ser contada. Poeta por vocación y narrador por necesidad, fue reuniendo imágenes, personajes y testimonios que más tarde encontrarían refugio en sus páginas.
Su trayectoria incluye poemarios como Elegía para fantasmas, Reinos extraños, Corazón a tientas y La sangre que hierve, pero es en Riquelme 1245 donde su pluma adquiere una dimensión especialmente amplia. Lo que comienza como una evocación personal termina abriéndose hacia la experiencia de todo un pueblo.
La residencia que da nombre a la obra trasciende su condición de simple domicilio. Allí comienza un recorrido por un espacio marcado por sus mitos, sus afectos y sus formas de entender el mundo. Lo íntimo deja de pertenecer exclusivamente a quien lo vivió y adquiere una resonancia capaz de alcanzar a otros.
Sin embargo, este no es un volumen autobiográfico en el sentido tradicional. Tampoco pretende ser una historia local ni una simple recopilación de crónicas. Se parece más a una cartografía emocional del norte, construida con testimonios, leyendas, episodios históricos y figuras populares. Como señala el prologuista Gonzalo Ramírez, Marambio posee la rara capacidad de despertar nostalgia por experiencias que incluso quienes nunca las vivieron sienten como propias.
Desde las primeras líneas, el lector comprende que está ingresando a un territorio que existe en dos planos simultáneos: el real y el imaginario. Allí, el Cerro Dragón parece custodiar silenciosamente el destino de la costa; las animitas continúan recorriendo las calles sin advertir su condición espectral; la Virgen de La Tirana forma parte del paisaje espiritual de la región; y las antiguas historias de barrio sobreviven en relatos transmitidos de generación en generación.
Ni la casa ni quienes la habitaron sostienen por sí solos la narración. En cada página, en cada voz, emerge el verdadero protagonista: Iquique.
Iquique no aparece como un simple escenario. Respira dentro de la narración. Huele a cochayuyo, a mar y a harina de pescado. Resuenan las radios AM, los tambores de La Tirana, los cánticos del estadio y el bullicio de los mercados populares. Desfilan pescadores, comerciantes chinos, obreros, bailarines religiosos, taxistas, estudiantes y habitantes anónimos que conforman la trama cotidiana del puerto. Marambio no observa ese universo desde la distancia. Escribe desde sus diálogos cotidianos, sus silencios y sus rincones más familiares.
Riquelme 1245 vuelve una y otra vez, sin ocupar casi nunca el centro de la escena. Permanece allí, discreta, como esos lugares que siguen influyendo en la vida de quienes los habitaron. Desde sus habitaciones parten las evocaciones, los relatos y los personajes; hacia ella regresan las historias después de sus desvíos. Poco a poco el lector comprende que no se trata solo de una dirección, sino de un punto de encuentro entre el tiempo y la experiencia.
Marambio escribe como quien vuelve sobre una conversación antigua. No busca levantar monumentos ni fijar verdades definitivas. Prefiere escuchar los ecos dispersos que el paso de los años suele dejar atrás y devolverles un lugar en el imaginario compartido.
Tal vez por eso estas crónicas poseen una virtud poco frecuente: se detienen en aquello que suele desaparecer primero cuando pasan los años. No se conforma con registrar lo ocurrido. Intentan conservar una manera de sentir y de habitar un tiempo determinado. Porque la vida de un pueblo también está hecha de emociones, gestos y palabras cotidianas.
Se percibe con claridad cuando el autor recuerda la explosión de la fábrica Cardoen en Alto Hospicio. La tragedia no aparece reducida a fechas o cifras. Surge desde la incertidumbre de las madres, desde la espera de las esposas, desde los vecinos que buscan noticias entre rumores y silencios. Entonces el acontecimiento abandona el lenguaje de los archivos y recupera su dimensión humana.
Algo semejante ocurre cuando evoca los años de la Unidad Popular, la llegada de la Nueva Canción Chilena, las antiguas transmisiones radiales que acompañaron la vida cotidiana o esas leyendas que todavía sobreviven en las conversaciones de los antiguos pobladores. En cada crónica hay un esfuerzo por rescatar fragmentos de una herencia cultural que el presente suele relegar a un segundo plano.
Hay, además, una defensa serena de la identidad regional. No aparece formulada como consigna ni como discurso. Surge de manera natural en cada episodio y en cada personaje. En tiempos en que muchas urbes comienzan a parecerse entre sí, estas páginas vuelven la mirada hacia aquello que distingue a este rincón del norte: sus modos de hablar, sus recuerdos compartidos, sus pérdidas y sus celebraciones. El litoral emerge como una colectividad modelada por las migraciones, el trabajo, el mar y el desierto; una región acostumbrada a las dificultades, pero también a la persistencia.
La diversidad de temas hace que algunos textos tengan la brevedad de una evocación o de una conversación recuperada al paso. Sin embargo, esa condición termina pareciéndose al modo en que recordamos. Después de todo, nadie revive la vida de manera ordenada. Las imágenes vuelven en fragmentos, asociaciones inesperadas e instantes que regresan cuando menos se los espera. La escritura de Marambio avanza siguiendo esa lógica: enlaza tiempos, voces y vivencias dispersas hasta construir el retrato de una forma de vida.
Quizás por eso la lectura deja una sensación difícil de explicar. Sin advertirlo, quien lee abandona su condición de espectador y comienza a formar parte del viaje. Camina por calles conocidas, aunque nunca las haya visto, entre voces antiguas que regresan con la naturalidad de quienes nunca se fueron. Ve levantarse el polvo durante una fiesta religiosa y contempla el mar como quien espera algo que no sabe nombrar. Los personajes aparecen con la familiaridad de los vecinos de siempre, esos que habitan el imaginario colectivo, sin que nadie pueda precisar exactamente cuándo los conoció.
Y cuando el recorrido termina, la puerta de Riquelme 1245 no se cierra del todo. Queda entreabierta, como permanecen ciertos lugares importantes en la vida de una ciudad. Desde el interior siguen llegando sonidos: una canción antigua, el repique de unas campanas, los tambores de La Tirana, el rumor del mar mezclado con el murmullo de la tarde.
Entonces se comprende que Riquelme 1245 no fue escrita para rescatar el pasado. Fue creada para que ciertas voces continúen acompañándonos. Mientras esa puerta permanezca entreabierta, Iquique seguirá encontrando en ella una forma de regresar a sí misma.







