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La distancia de volver, por Sonia Pereira Torrico

17 mayo, 2026
en Columnistas
La distancia de volver, por Sonia Pereira Torrico
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Crecí en una ciudad donde el sol no se negocia, está siempre; donde las casas tenían techos planos, las cojinovas alcanzaban para toda la semana y la vida transcurría entre el mar, la plaza y las calles que uno recorría a pie, diciendo “avísale” ”, como si el tiempo fuera infinito.

En los años 60, llegar a Playa Cavancha era una aventura. En los 70, alcanzar Primeras Piedras ya era un logro. Pero en los 80, viajar a Santiago en buses como el Géminis o el Fénix Pullman Norte era una verdadera proeza.

Porque salir de Iquique, en ese tiempo, no era solo cambiar de ciudad, era cruzar un mundo.

El viaje empezaba en Pozo Almonte, seguía por la aduana y luego hacia Antofagasta. Desde ahí venían horas interminables atravesando el desierto más árido del planeta. El bus iba lleno, 45 pasajeros, un baño, niños llorando; y más de alguna vez terminé mareada, contando los minutos para que alguien gritara la palabra mágica, parada. Esa parada tenía nombre propio: “Los Arbolitos”, en Chañaral.

—¡Todos abajo!— decía el auxiliar, siempre simpático, siempre atento.

Era el primer respiro. Después, poco a poco, el paisaje empezaba a cambiar. El desierto daba paso a tonos verdes que, para una niña del norte, parecían irreales. Recuerdo haber pensado, con total convicción, que eso se parecía a los Alpes suizos que veía en Heidi.

—Hija, llegamos a Santiago, asintió mamá.

Yo venía de ver un edificio grande, el Ticnamar . Acá había cientos. Todo parecía más rápido, más grande, más ajeno. Me subí al metro, que me pareció un tren sacado de otro planeta.

Los días finales del viaje tenían, en realidad, otro propósito, comprar zapatos Verónica, chalecos de La Ligua, trajes de baño Catalina para el negocio ambulante de mamá. Todo pensado para volver al norte y reencontrarme con lo simple y bonito. El chumbeque pegándose en los dedos, la bruma salina, ir a Cavancha y el grito de gol de Deportes Iquique. Y si el viaje coincidía con el mes de mayo, ¡Wow!, era sentir que faltaba el aire,  el desfile, el paseo en la plaza, comiendo una empanada con la familia en patota  e ir a la boya.

Saben… ahí uno entiende que la ciudad natal no es solo geografía. Es todo eso que no se ve… pero que no se suelta nunca.

Por eso viajar no es solo irse, es aprender, sin querer, cuánto significa volver.

Volver a Iquique… volver a casa.

Sonia Pereira Torrico

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