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La hija del Doctor Ávalos, por Sonia Pereira Torrico

31 mayo, 2026
en Columnistas
La hija del Doctor Ávalos, por Sonia Pereira Torrico
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Hay personas que llegan a nuestra vida sin conocernos físicamente y aun así terminan siendo familia del alma. Así era María Eugenia Ávalos Díaz. La hija del doctor Ávalos. La mujer que nació en Iquique casi por accidente, según decía ella misma, porque en realidad siempre sintió que pertenecía a otro paisaje. A uno lleno de nubarrones, de lluvia incesante, de inviernos largos, de calles mojadas en Valparaíso o Viña del Mar. Pero le tocó nacer aquí, en esta tierra donde el verano pareciera durar los 365 días del año y quizás por eso mismo se refugió tan temprano en los libros.

Hasta hace muy poquito seguía escribiendo en redes sociales. Seguía comentando de política con esa lucidez tan suya, tan asertiva. Uno prendía el computador y ahí estaba María Eugenia, opinando, evocando, recordando, compartiendo alguna fotografía antigua o una memoria de ese Iquique que ya no existe. Y ahora duele entrar y no verla, duele muchísimo.
Supe que atravesaba un delicado estado de salud. Nunca quiso exponerlo ni convertirlo en tema público y eso también habla de quién era ella, una mujer reservada y sensible.
María Eugenia nació en ese Iquique antiguo de techos planos, donde todos se conocían, donde los negocios tenían nombre y apellido, donde el almacenero era amigo de la familia y donde todavía existían los doctores de cabecera. Su padre, el doctor Ávalos, era uno de ellos. Un médico reconocido, querido y profundamente culto. Ella siempre me hablaba de él con una devoción hermosa. Era la regalona de su papá.

Y qué maravilla escucharla hablar de esos años.

La imagino niña, caminando tomada de la mano de ese doctor elegante y respetado por calle Tarapacá, entrando a librerías y puestos de revistas. Me contaba que esperaba con ansias esas salidas, porque su padre siempre le compraba cuentos, revistas y libros que llegaban desde Arica Puerto Libre.

Me contaba que cuando las familias iquiqueñas se iban por semanas enteras a la playa, ella cargaba una verdadera batería de libros para soportar el calor. 

Estudió en el Liceo de Niñas, compartiendo generación con tantas mujeres iquiqueñas conocidas y queridas como Anita Carvajal, Ayi Martin, Silvana Andaur, María Estela Gary Úbeda, Doris  Dastres, Blanca Ayala y muchas más.  Después se casó, tuvo hijos, y siguió armando su vida lejos de Iquique. Vivió en otras ciudades y también en otros países. Y entonces ocurrió algo que le pasa a tantos iquiqueños que emigran, el tiempo dejó congelada la ciudad en su memoria. Donde las fiestas patrias en Cavancha eran verdaderos rituales familiares, donde el hielo llegaba a las casas porque todavía no había refrigeradores y donde esperar la leche era parte de la vida cotidiana. Me hablaba también de los peinados infantiles estilo Shirley Temple y del sufrimiento que significaban esos tirones de pelo cuando iban a peinarla a la casa. Y cuando volvió siendo ya adulta, encontró una ciudad llena de luces de neón. Donde ya no estaban los antiguos almacenes ni sus dueños, donde las inmobiliarias, los supermercados, las farmacias y el retail habían borrado parte importante de esa identidad barrial que ella tanto amaba. Entonces, se sintió extranjera en su propia tierra. Sin embargo, aun así agradecía reencontrarse con sus amigos de juventud, con sus amigas del alma, con esos sobrevivientes de un Iquique que se nos fue. Y ahí, en medio de tantas conversaciones virtuales, terminamos encontrándonos nosotras.

Nunca quiso publicar libros. Y pudo haber escrito muchos. Ella escribía solamente por el placer de recordar, de evocar, de compartir.

Hoy siento que me falta alguien. Me falta esa mujer culta, sensible, profundamente nortina y contradictoriamente enamorada de la lluvia. Me faltan sus comentarios políticos, sus recuerdos, sus historias y sus correcciones. Me falta alguien para ponerle punto final a ciertos relatos.

Ahora entiendo que personas como María Eugenia Ávalos Díaz no desaparecen del todo. Se quedan viviendo en las calles antiguas de Iquique, en los negocios de madera que ya no existen, en las librerías desaparecidas, en las conversaciones largas, en los inviernos que nunca llegaron y en las memorias que otros tendremos que seguir contando.

Un abrazo al cielo querida María Eugenia

Sonia Pereira Torrico

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