Señor Director: Los resultados de comprensión lectora en Chile vuelven a instalar una preocupación que trasciende el desempeño escolar. Sin embargo, el debate suele concentrarse en lo que ocurre dentro de las aulas, mientras persisten condiciones económicas y territoriales que limitan el acceso a los libros. La formación de lectores no depende exclusivamente de la escuela, sino también de las oportunidades que ofrece el entorno en que crecen niños y jóvenes.
En este contexto, resulta preocupante que el proyecto de Presupuestos 2027 contemple una reducción del 57,9 % en el programa de Mejoramiento Integral de Bibliotecas, mientras se comprometen $4.300 millones para la participación de Chile como invitado de honor en la Feria del Libro de Fráncfort. La proyección internacional de nuestra producción editorial es valiosa, pero difícilmente puede sustituir las políticas que permiten acercar los libros a quienes enfrentan mayores barreras de acceso.
Es evidente que las restricciones fiscales obligan a establecer prioridades. Precisamente por ello, cuesta justificar que, tras conocerse resultados tan preocupantes en comprensión lectora, se reduzcan recursos destinados a fortalecer las bibliotecas. La discusión no debería limitarse a cuánto invertimos en promover nuestros libros en el extranjero, sino también a qué oportunidades ofrecemos para leerlos dentro del país.
Cuando se publiquen los próximos resultados de PISA, probablemente volveremos a exigir respuestas al sistema escolar. Sin embargo, antes de atribuirle nuevamente toda la responsabilidad, convendría mirar también fuera de las aulas: barrios sin librerías, hogares sin libros y precios gravados con un IVA del 19 %. La crisis de la lectura no se explica únicamente por lo que ocurre en las escuelas, sino también por las distancias y los costos que separan a miles de personas de los libros.
Por Marta Quiroga Lobos
Académica Pontificia Universidad Católica Valparaíso








