Si usted leyó que la Ley de Reconstrucción Nacional avanzó “por un voto”, leyó solo una parte de la historia. No toda la historia.
Porque las grandes leyes no comienzan en una votación parlamentaria. Comienzan cuando la ciudadanía entrega un mandato democrático en las urnas.
Esta historia comenzó cuando 7.263.236 chilenos, equivalentes al 58,17% de los votos en la segunda vuelta presidencial, eligieron democráticamente un nuevo Gobierno con la propuesta de cambiar el rumbo económico de un país que lleva más de una década creciendo por debajo de su potencial, con cerca de un millón de personas desempleadas y alrededor de 2,5 millones de trabajadores en condiciones de informalidad o empleo precario.
Ese mandato comenzó a traducirse en decisiones concretas. La principal reforma económica impulsada hasta ahora por el Gobierno es la Ley de Reconstrucción Nacional.
¿Realmente avanzó por un voto?
Su primer respaldo legislativo llegó en la Cámara de Diputadas y Diputados, donde fue aprobada por el 58% de sus integrantes (90 votos a favor). Ese resultado permitió que el proyecto iniciara su segundo trámite constitucional en el Senado.
Y fue precisamente allí donde apareció la verdadera historia.
Lejos de una única votación, el Senado debatió y resolvió decenas de artículos de manera independiente. Al revisar sus resultados, los distintos niveles de consenso permiten comprender mucho mejor lo que realmente ocurrió.
Las normas destinadas directamente al Fondo de Reconstrucción fueron aprobadas por el 100% del Senado (50 votos).
El aporte extraordinario al Fondo Común Municipal obtuvo el respaldo del 98% (49 votos).
El crédito al empleo alcanzó el 88% (44 votos).
Otras disposiciones reunieron el 80% (40 votos).
Solo un grupo acotado de normas, principalmente aquellas relacionadas con la rebaja del impuesto corporativo, la reintegración tributaria, la invariabilidad para las inversiones y algunos instrumentos económicos, fue aprobado por el 52% del Senado (26 votos).
Todas esas votaciones pertenecen exactamente al mismo proyecto de ley.
¿Pero qué cuentan realmente esas votaciones?
Que el Congreso expresó distintos niveles de consenso según la naturaleza de cada decisión.
Las mayores coincidencias aparecieron cuando se discutió la reconstrucción, el fortalecimiento del empleo, el apoyo a las comunas y la necesidad de devolver dinamismo a la economía. Las diferencias surgieron cuando correspondió definir los instrumentos tributarios, regulatorios y económicos para alcanzar esos objetivos.
En otras palabras, el debate nunca fue si Chile debía volver a crecer. En eso, todas las fuerzas políticas demostraron estar de acuerdo. El debate fue cómo volver a hacerlo. Cómo volver a crecer. Y esa es una buena noticia para nuestra democracia.
Porque demuestra que existe un amplio consenso respecto del desafío que enfrenta el país. Las diferencias no están en el destino, sino en el camino para alcanzarlo. Eso no debilita una ley; fortalece su legitimidad democrática.
La discusión, además, aún no ha concluido. El proyecto inicia ahora su tercer trámite constitucional en la Cámara de Diputadas y Diputados. Si existen discrepancias con las modificaciones introducidas por el Senado, corresponderá una Comisión Mixta y, respecto de las normas impugnadas, el Tribunal Constitucional podrá ejercer el control que contempla nuestra institucionalidad. Así funcionan los pesos y contrapesos propios de una República democrática.
Pero, una vez que ese proceso concluya, comenzará el examen que realmente importa.
En regiones como Tarapacá, donde cerca de 20 mil personas siguen buscando trabajo, ya no será relevante recordar si un artículo fue aprobado con el 100%, el 88% o el 52% de los votos.
Lo que realmente importará será si esta ley logra recuperar la confianza, atraer inversión, destrabar proyectos, recuperar el crecimiento y generar oportunidades para miles de familias que llevan demasiado tiempo esperando que la economía vuelva a avanzar.
Porque las leyes no ganan por uno o cien votos. Ganan cuando cambian un rumbo equivocado y son capaces de devolver oportunidades a millones de chilenos: a quienes buscan un empleo digno, a quienes quieren volver a caminar seguros por sus calles y también a quienes anhelan una mejor calidad de vida para sus familias.
*René Ávila Álvarez es Ingeniero Comercial y Fundador de CEDET Tarapacá







