Por Jorge Riesco, Presidente de SONAMI
-Mientras el mundo mira a Chile como un actor clave para abastecer la creciente demanda de cobre y minerales críticos que requiere la transición energética y el desarrollo tecnológico, nuestro país enfrenta una contradicción que debiera preocuparnos mucho más. Nunca habíamos tenido un escenario internacional tan auspicioso para la minería.
Las cifras hablan por sí solas. El precio del cobre se mantiene en niveles históricamente altos, las exportaciones alcanzan récords de US$60.354 millones en la primera mitad de 2026, con el valor de los envíos de cobre superando por primera vez los US$30.000 millones en el mismo período, y una importante cartera de proyectos de inversión que supera los US$80 mil millones. Sin embargo, el IMACEC minero y el empleo del sector han mostrado retrocesos, confirmando una realidad que venimos advirtiendo hace tiempo y que hemos denominado la «paradoja minera»; mientras el mundo necesita más cobre y minerales críticos, seguimos enfrentando barreras que retrasan el desarrollo de nuevos proyectos.
Lo preocupante es que esta situación trasciende a la propia minería. Cuando una inversión minera se retrasa, también posterga empleo y tributación directa; afecta a cientos de proveedores, limita el desarrollo de infraestructura regional y reduce la capacidad del país para generar recursos fiscales que permitan financiar políticas públicas, impulsar el desarrollo regional y mejorar la calidad de vida de las personas.
A este escenario se ha sumado ahora el impacto del sistema frontal que afecta a distintas zonas del país. Diversas faenas han debido adoptar medidas preventivas para resguardar la seguridad de sus trabajadores y de las operaciones. Superada esta contingencia, será indispensable restablecer cuanto antes las condiciones que permitan retomar plenamente las faenas, lo que requerirá apoyo, especialmente en la pequeña minería, uno de los principales motores económicos de numerosas comunas del norte y centro del país. Todo indica que los próximos indicadores seguirán reflejando un desempeño debilitado.
Chile tiene todas las condiciones para liderar la próxima etapa de la transición energética. Pero ninguna de esas ventajas será suficiente si no somos capaces de que la institucionalidad ofrezca nuevamente reglas claras, procesos eficientes y certezas para quienes deciden invertir. Los países que hoy compiten con Chile por atraer inversiones mineras están avanzando precisamente en esa dirección.
La oportunidad está sobre la mesa y no será permanente. La demanda por minerales críticos seguirá creciendo y las inversiones irán donde existan mejores condiciones para desarrollarlas. Pero, en casos como el cobre y el litio, parte importante de esa demanda dependerá de que la oferta sea suficiente; de lo contrario, crece el incentivo a la sustitución.
Chile aún está a tiempo de transformar esta paradoja minera en una historia de crecimiento: por un camino que ya transitamos y que incluso podemos mejorar, incorporando esta vez toda la potencialidad de la pequeña y mediana minería. Para lograrlo necesitamos pasar de los anuncios a la ejecución, principalmente garantizando estabilidad de largo plazo, modernizando efectivamente nuestro sistema de permisos, fortaleciendo decididamente la capacidad técnica del Estado para que sea un real facilitador y generando las condiciones habilitantes que permitan recuperar el dinamismo de una industria que seguirá siendo el principal motor del desarrollo económico del país. La minería puede volver a ser el gran impulsor del crecimiento, el empleo y la inversión, pero el tiempo para actuar no es indefinido. Este es un debate que Chile debe darse con urgencia y que, precisamente por su impacto en el crecimiento del país, estará sin duda en el centro de la próxima Cumbre de la Minería. (Boletín Minero)







