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La primera vez que fui a La Tirana, por Sonia Pereira Torrico

(Crónica basada en el testimonio de Juan Álvarez)

19 julio, 2026
en Columnistas
La primera vez que fui a La Tirana, por Sonia Pereira Torrico
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Hay recuerdos que no se borran, aunque el tiempo se empeñe en cubrirlos con la chusca del desierto. Juan Álvarez los cuenta con la misma sencillez y calidez con que se conversa entre vecinos, como quien vuelve a abrir una ventana de la infancia en el barrio Manuel Rodríguez.

—Contando con los dedos de una mano, si habré ido cinco veces a la Fiesta de La Tirana en toda mi vida, es mucho, relata con nostalgia.

Su primer viaje ocurrió en 1956. En un Iquique de techos planos y calles serenas, donde las casas de madera guardaban historias del antiguo Iquique peruano, de pampinos y de familias que aprendieron a reconstruir sus vidas tras la crisis del salitre, entre el desierto más árido del mundo y la inmensidad del océano Pacífico.

En las calles polvorientas, los niños jugaban a la pelota hasta que el sol se escondía; las puertas se amarraban con pita; los vecinos esperaban la tardecita sentados en una banca, conversando de lo humano y lo divino. ¡Divino tesoro!, se caminaba por el puerto hablando en ese lenguaje tan nuestro, pupo, ombligo y a tota. La tetera siempre estaba hirviendo para recibir a un forastero; la palabra valía más que cualquier cosa y los negocios eran atendidos por sus propios dueños. Era un puerto de quintas, plazas arboladas y malones con aroma a un enjundioso picante de guata con pata. El cuarto de aceite se compraba en el despacho de algún comerciante chino o yugoslavo.

Juanito tenía apenas cinco años. Era «la guagua», como le decían sus hermanos; el conchito de los Álvarez y el regalón de Bertita Guzmán, su madre.

Aquel día, Bertita debía cumplir una manda, como tantas mujeres nortinas. Su promesa consistía en encender un enorme cirio a la Chinita amada. Y hacia el pueblo partieron madre e hijo, arriba de un camión cargado de monos y petacas, junto a tantos peregrinos de aquellos años.

Para el pequeño Juan, el viaje era una aventura. Desde la altura del camión, el desierto parecía infinito, como si pudiera tocarlo con la yema de los dedos. Los saltos del vehículo lo hacían sentir como si ya estuviera bailando un chuncho o un moreno, como el querido Chiricaco. El paisaje era una fiesta antes de llegar a La Tirana, las oficinas salitreras de Humberstone y Santa Laura, Pozo Almonte, los tamarugos por doquier, los cerros morenos y ese sonido del silencio que solo conoce el desierto.

Mientras él reía y descubría el mundo con los ojos asombrados de un niño, su madre llevaba en el corazón la responsabilidad de cumplir su promesa y el cuidado permanente de no perder de vista a su hijo más pequeño.

Al llegar al pueblo, Bertita se dirigió a cumplir religiosamente su manda. Juan permanecía aferrado a la pollera de su madre, observándolo todo en silencio. Calcula que estuvieron allí más de dos horas. Para él fueron dos horas de asombro y emoción; para ella, seguramente, de oración, redención y preocupación. Esos menesteres que solo una madre lleva en el cuerpo y convierte en una batalla silenciosa de todos los días.

—Mi mamá no sabía que yo era feliz viendo todo lo que pasaba a mi alrededor, recuerda con regocijo.

La multitud ya era inmensa. Miles de devotos recorrían las calles del pueblo impulsados por una fe que parecía no tener límites.

Sin embargo, Juan confiesa que no sabe si ese día nació su cariño por la fiesta. Lo que sí recuerda con absoluta claridad es que, durante muchos años, cuando Bertita, la gran contadora de chistes, volvía a viajar a La Tirana, él se quedaba en casa junto a sus nueve hermanos.

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