Verano de 1998, uf tenía 21 años, no era una adolescente, aunque en mi inocencia se dibujaba un cancionero de «Mátame suavemente» de Soda. Me gustaba ver mi rostro juvenil, cabello largo, los labios rojos, diciéndole a mi amiga que no olvide llevar los free pass, que nos regalaron en el loquillo house para entrar a la disco, antes de la una.
Mi primera fiesta la tuve a los 10 años en el pasaje «Las Tarkas», cuya entrada costaba $10 pesos. Un valor irrisorio para estos tiempos, el kilo de pan costaba $40 pesos y el pasaje en colectivo Pony en $50 pesos. Los $10 pesos de la fiesta tenían como objetivo juntar fondos para la Reina del carnaval del verano. Estábamos ad portas del evento, y nuestra candidata Daniela debía ganar por sobre las otras chicas de los lichiguayos y los pinquillos. ¿Qué será de ella?, de su hermana Gloria, de mis otras vecinas como la Pame, la Panchi, la Fabiola, y la Sole. Me recordarán tanto como yo a ellas, cuando estoy en la punta del cerro dragón buscando su atención.
En fin, en esa fiesta, bailé por primera vez un lento, mirándonos y separados a medio metro. Al otro día quizás me mandarían una carta o un saludo en la esquina. Diez años después, el juntarse con el chiquillo que te gustaba, podía repetirse en una disco o en el pub de moda. Mis padres por ejemplo iban a bailar en la juventud en los 70 , al Ragú, a don Sata y al Judevi.
En los 90, nada de eso estaba, sólo los recuerdos del tontódromo y las caminatas de la disco a playa brava para sacar las machas, moviéndose con el twist del esqueleto. No obstante mis amigos movíamos la cuerpá bailando el baile de la botella, el meneíto, la Macarena, el chileno de corazón, el cachete con cachete de la sonora dinamita, pastillas de amnesia doctor de Félix Muñoz y el sound sound de American Sound. ¡Que lindos tiempos!, usando jeans fluorescentes, body ajustado y el pelo largo. Me creía la muerte con mis zapatos donors, la mochila wrangler y la frutillita de Avon. Esperábamos el fin de semana para ir a bailar a la «pharos» o la «Pink Cadillac». Sin embargo en el centro, por la noche, se apagaba el comercio y el tranco cansino de algún parroquiano. Por calle Bolivar reinaba el silencio, hasta las 11 de la noche aprox. , toda vez que a esa hora, se encenderían las luces de algunos pubs. En calle Latorre estaba el «Tradición», en Vivar el «Noctus», por calle Bolívar, estaba el «Ghost Town» y el «pub 35 mm», boom del momento y la taquilla iquiqueña. Cuyos famosos femeninos y masculinos de los días miércoles, aún se comentan con picardía por los que hoy por hoy , no son tan jóvenes.
Época donde se caminaba en la noche sin miedo a nada, la delincuencia inofensiva traducida en una riña y una pandilla, fiesta de la espuma, fiesta de la luca, tragos en sobre, el clásico vodka naranja, animaciones de actores de telenovelas y las mujeres gratis antes de la una.
Sonia Pereira Torrico







