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Lejana (Cuentos del glorioso), por Sonia Pereira Torrico

12 enero, 2025
en Columnistas
Lejana (Cuentos del glorioso), por Sonia Pereira Torrico
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El sol se asomaba lentamente por la ventana de la pieza de Emilia, los rayos se multiplicaban por doquier al amanecer, como un magnífico abanico, simulando un pavo real en cada pliegue de la vetusta persiana. No había espacio de color pajizo que no quedara al descubierto. En el aire, la sensación gravitante de colgar los sueños nocturnos en cada rincón y regresarlos al nido bajo el manto de la luna plateada.

El polvo se elevaba al techo en pequeños granitos, provocando un cosquilleo en la nariz de la niña. Otorgó esa mañana un cálido besito a su muñeca con trenzas de lana, dejándola plácidamente en la cama y decidió entusiasta preparar como es de costumbre el clásico desayuno de los días domingo para su familia; pan tostado con mantequilla, jugo de naranjas de Pica y tecito con cedrón y hierba luisa.

Se dirigió a la cocina por un angosto pasillo, le quitó la mirada al cuadro del niño llorón. Parecía una eternidad ese tránsito del dormitorio hasta el otro lado de la casa, pero la leyenda maldita del cuadro era un secreto a voces por esos años. Sabía que Belcebú había maldecido la creación y que su pintor le había vendido su alma por ambición. El miedo se había disipado, temblorosa y nerviosa, observo las jugosas naranjas  que mamá había comprado en el Mercado. A medida que iba exprimiendo una por una, saboreo con los dedos el sabor de esta exótica fruta del oasis del desierto. ¡Oh! mamá se puso tan contenta con el regalo de Emilia, que terminó diciendo.

-Arregla tus cosas hija, mira que vamos a ir a la playa lejana.

– A «Cavancha» mamá.

– No, Emilia; vamos a ir a una, que queda más lejos que «Cavancha» y «Primeras Piedras»; se llama  «Huayquique»; está a 5 kilómetros de la ciudad y es un lugar ideal para almorzar, jugar y bañarse. 

-Mami , ¿puedo llevar el balde de playa que me regaló el viejito Pascuero?

-Por supuesto , con tú papá llevaremos la piscina de plástico que compramos en la Zofri, para que disfrutes con tu hermanito Antonio toda la tarde. Ya que este lugar no es apto para el baño. Las olas son peligrosas en ocasiones y es mejor evitar un accidente.

– Más peligroso que» Playa Brava» o la «Playa larga».

-Igual  hija.

-Apúrate que las horas transcurren rápidamente y el día en playa «Huayquique » también.

La mamá de Emilia no podía creer la certeza de sus dichos. Cuando era niña por allá en los cincuenta, la playa lejana por ese entonces era «Cavancha», y se iba en carpa de saco harinero y palos de coigüe. Replicando al unísono con la bajada del Granaderos… regresemos a Iquique. Pero ese momento es parte del pasado, un romántico y bello instante que alberga con tintes de nostalgia en el corazón de esa mujer y madre nortina.

Instalados en el auto, papá amarró con un pulpo, la mesa, quitasol, bolsos, piscina y más menesteres. Emilia adoraba iniciar ese viaje por la costa,  despedir al puerto con la mano al viento por un espacio de tiempo, le resultaba ser la protagonista de un film, cuya banda sonora era el grupo sueco Abba. Se sentía importante, famosa, una estrella brillando con luz propia.

Sólo dunas y más dunas separaban a Emilia de la pequeña ciudad puerto. Estaba ansiosa por conocer la playita lejana, amiga de la soledad para muchos poetas, donde idealizaba jugar, chapotear y abrazar al amor de su vida; el mar y las olas.

-Oye mami, ¿dónde está la playa?.

-Mira hijita, allá abajo. 

-¡Oh!, es bonita, inmensa, pero las olas se ven algo furiosas. No me bañaré mamá, lo haré en la piscina.

-Ayuden a bajar las cosas,  advierte papá. 

Yo bajo las toallas Cannon y el quitasol Kodak, los baldes y la muñeca con trenzas de lana. Y lleno la piscina de Emilia, es tan grande que no se llena con nada, asiente papá con enfado.

Este es el último balde avisa papá , la piscina está lista.  

En su interior, Emilia quedó suspendida entre el pequeño océano y la hermosa vista que abrazaba esa tarde de verano. También las siluetas de unos enamorados apasionados bañándose. Iban de la mano, ella con un traje de baño de múltiples colores y el con un short propio de la moda de los 80. Nunca se soltaron, nunca dejaron de mirarse, por más que el oleaje los abatiera en camino. Literalmente eran uno solo, no había fuerza en el mundo que los separara . 

-Despierta hija,  estás soñando nuevamente.

-No mamá, lo que vi es real y se parece mucho a lo que siento por ti… amor eterno e incondicional.

-Ay cabra de miechica tan romántica que saliste. Pero te cuento un secreto, yo soy igual y ambas estallamos en carcajadas sin parar.

Quien iba a pensar que 30 años después Emilia estaría observando la playa lejana desde un elefante blanco a los pies de la angosta y arenosa  «Huayquique». No es como la bella «Cavancha», quieta y majestuosa. En fin le consuela ver a los adultos persuadir los peligros de un mar tormentoso y algo estrepitoso. Sin embargo, le llama poderosamente la atención unos solitarios pájaros de colores, sobrevolando la inmensidad del océano, cuyo reflejo era perfecto a través del inexpugnable terciopelo.

Era tarde para almorzar, creo que las 3 de la tarde. Un pollo con papas fritas fue el banquete esa tarde de verano, en una mesa roja plegable. Equilibrar los cuerpos, una verdadera hazaña. No obstante no dejaba de resultar un momento divertido, no faltaba el que se tambaleaba y caía directo al suelo arenoso. Innumerables ocasiones Emilia terminó con las papas fritas en la arena y un quiltro aprovechando este colosal momento. Pero acaso importa aquello, si estaban todos juntos , queriéndose, disfrutando la belleza de la vida con tan poco y con tanto en la playa lejana.

Sonia Pereira Torrico 

Fotografía: Alexander Tolmo

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