(Consignado por Ex Ante).– Kast comparte con Boric la condición inicial, una aprobación descendente, una primera cuenta que puede operar como salvavidas, y el riesgo de producir una esperanza efímera que no traiga nada como consecuencia. Si el discurso del lunes se ordena para consolidar a la base que lo eligió en lugar de seducir al centro que necesita para gobernar, estaría repitiendo el error que la izquierda cometió desde el otro extremo.
El Presidente José Antonio Kast llega a su primera cuenta pública con tendencia a la baja. La encuesta Cadem lo ubica con 56% de desaprobación, uno de los registros más altos desde que asumió el mando en marzo. El discurso del lunes podría funcionar como una especie de salvavidas. Si presenta cifras concretas y evidencia de progreso en áreas prioritarias apuntando a reencantar un electorado que pensaba que las cosas se harían más rápidas, probablemente será suficiente.
Pero ser suficiente no es lo mismo que ser útil.
La distinción importa. Casi cualquier primera cuenta pública alcanza para ganar algo de aprobación en lo inmediato, porque, incidentalmente, está diseñada para eso. Lo difícil es que ese impulso se transforme en algo duradero. Un discurso es útil, por ejemplo, cuando convierte un repunte pasajero en capital político concreto.
En el caso de Kast, eso es la megarreforma, que se está por votar en el Senado. El éxito del discurso del lunes no debería medirse por el aplauso de esa tarde ni por el punto que recupere en la siguiente encuesta, sino por si contribuye o no a mover ese proyecto. Un repunte que no se traduce en votos en el Congreso es un repunte que se desvanece solo.
Para anticipar ese riesgo no hay que mirar tanto atrás. El caso del ex presidente Gabriel Boric muestra lo que pasa cuando un buen discurso no trae ninguna utilidad.
Su primera cuenta resultó ser un techo y no un piso. Pocas semanas después de un aplaudido discurso, que atrajo atención y potenció al gobierno en lo inmediato, terminó en una aprobación de 34%, que según las encuestas se mantuvo hasta el final del cuatrienio. Más importante es que a pesar del buen discurso, en septiembre se rechazó el proyecto refundacional que apoyaba Boric.
El gobierno recibió el impulso discursivo de la cuenta, pero no logró transformarlo en respaldo cuando llegó el momento de cobrar.
Y eso ocurrió, en parte, porque Boric dio un buen discurso pero le habló a su base. En 2022 el cálculo no parecía un error. El estallido todavía estaba fresco y el país parecía haberse corrido a la izquierda, así que jugar para los propios se leía como sintonizar con el momento. La lectura resultó equivocada.
En retrospectiva, es obvio que la derrota respondió a razones más amplias que los cálculos del gobierno de turno, pero al mismo tiempo es evidente que el error de lectura del presidente, que optó desde temprano por gobernar para su base y no para el votante mediano, contribuyó al rechazo definitivo de su propuesta refundacional.
El mismo escenario se repite ahora desde la vereda opuesta. Kast comparte con Boric la condición inicial, una aprobación descendente, una primera cuenta que puede operar como salvavidas, y el riesgo de producir una esperanza efímera que no traiga nada como consecuencia. Si el discurso del lunes se ordena para consolidar a la base que lo eligió en lugar de seducir al centro que necesita para gobernar, estaría repitiendo el error que la izquierda cometió desde el otro extremo.
Claro, la magnitud del fracaso sería diferente. El proyecto de reforma constitucional era más masivo que la propuesta de megarreforma. Pero al mismo tiempo, la sensación es similar, en tanto el efecto transformador no es tan distinto. Ambos proyectos apuntan a la arquitectura profunda del país, uno en el Estado y otro en el modelo económico. Así, pasar la megarreforma le daría a Kast una victoria duradera que podría administrar hasta el final de su periodo, en una forma similar a lo que esperaba hacer Boric, pero nunca pudo.
Y es justamente ahí donde está la clave que Boric no descifró. Un discurso no convence senadores, convence votantes, y son los votantes quienes terminan moviendo a los senadores. Un parlamentario dudoso no cambia su voto porque el presidente hable bien, sino porque percibe el costo de votar contra un electorado que respalda la reforma. Por eso la utilidad de la cuenta no se mide en aplausos, sino en a quién logra mover. Si Kast acumula apoyo entre los suyos, que ya lo respaldan, no presiona a nadie. Si lo acumula en el centro, que es donde los senadores indecisos calculan el costo de su voto, recién entonces el discurso empieza a pesar en la votación.
Eso obliga a un discurso incómodo. Hablarle al centro supone decir cosas que la base no quiere escuchar, anteponer la evidencia a la consigna y resistir la tentación de premiar a los propios. Es menos cómodo y menos celebrado en la sala, pero es lo único que mueve al votante que efectivamente importa para la aritmética del Senado.
El orden, entonces, no es menor. Un presidente transformador acumula aprobación con resultados de corto plazo y recién después la gasta en lo estructural, no al revés. Boric invirtió esa secuencia y la pagó caro. Por eso lo que se vea el lunes, y sobre todo qué decide poner primero Kast, dirá más que cualquier anuncio: si abre mostrando entregas concretas para ganarse al centro, o si parte cobrando la megarreforma sin haber construido antes el respaldo para sostenerla.
Hay además un premio mayor en jugar para el centro, y es de más largo plazo. Si Kast logra mover al votante mediano y, con ese impulso, aprobar la megarreforma, no solo se anota una victoria legislativa. Empieza a reconfigurar el electorado a su favor, porque una reforma que entrega resultados termina ensanchando la base que la respalda. Es exactamente lo que Boric nunca alcanzó, y la razón por el que el lunes importa más allá del lunes.







