El Norte Grande de Chile es una tierra de grandes contrastes: la austera belleza del desierto, el verde de las quebradas que fluye como un río que abre paso en medio combate con el desierto, el agua que se oculta en las norias para alimentar a los tamarugos, las alturas frías de los Andes, la costa de las ciudades y sus conflictos. Es en este ambiente donde se juega la vida, donde se nos invita a anunciar la fe cristiana, a luchar por la paz y la justicia, a construir el mundo nuevo.
La tradición mariana se vive con una fuerza muy grande. La Virgen del Carmen, tiene el ancestro cultural religioso de la Madre Tierra, personifica la bondad, auxilia, perdona, acoge. Es la madre del Hijo de Dios y es la madre del peregrino, del que acude con confianza a ella. Siempre es acogida. Entiende a los hijos como una muy buena madre. Por ello que sus títulos van unidos a palabras cariñosas, propias de un hijo al referirse a la madre: la chinita, la carmelita, la madrecita o la patrona de Chile.
La Fiesta de la Tirana, después de tres años, ha convocado a miles de feligreses de todo nuestro largo y angosto país. Más de doscientos bailes danzando día y noche en la explanada y alrededores de la plaza. Mi día comenzó un jueves 14 de julio. Con mi hermana Alicia fuimos al Mercado, compramos unas empanadas para el viaje, y buscamos un furgón que nos trasladara al pueblo de la Chinita. Fue lindo y nostálgico este primer comienzo, los boletos ya no estaban a luca. A medida que cruzábamos el desierto, se me vinieron los recuerdos de viajar apera’o con mi familia, y la decenas de promesantes caminantes para pagar la manda. ¡Uf! Descender cerca de la cruz del calvario y escuchar el sonido del bombo tiraneño, encendió mi pecho nortino con frenesí. Lloré de alegría, sentir la chusca en mi cara, enredando los jirones de mi pelo negro. Tenía tantas ganas de abrazar a mi mamá Sonia, mi papá Iván por este hermoso regalo de estar en Tierra Santa. ¡Dios! Hace mucho que no venía a la fiesta de la Carmelita. Sentí en lo más profundo de mi corazón, que había una necesidad latente de madre por parte de los peregrinos y danzantes. Tal premisa lo comprobé al realizar la fila para la bendición. Tanto hombres y mujeres, parecían niños buscando con ansiedad el abrazo maternal. Indistintamente de la edad, la Chinita tiene algo especial en la mirada, sus ojos negros convoca una paz que sólo pude sentir frente a ella, en su casa, en medio de la pampa.
Los iquiqueños estamos acostumbrados al calor de hogar, a la mesa larga, la sobremesa y donde nos traten con cariño sin pedir permiso. Estas sensaciones transmutaban al interior del templo, a los pies de la Chinita hermosa. Día y noche, los bailes no cesaban de danzar y venerar a nuestra Reina del Tamarugal, el bombo tiraneño seguía encendido a pesar del frío y el indómito sol nortino. Familias completas entregadas a la fe , ya sea como promesantes o danzantes. Mi hermano bailaba orgulloso con su mujer y sus hijos, el bronce del diablo suelto por los rededores del templo. Él estaba feliz , porque estaba cerca de nuestra madre y de la Chinita del Tamarugal.
Aquí convergen el pasado con el presente para reforzar que se puede estar en familia, si así lo queremos. Estar en la casa de la Chinita, fue volver con las tradiciones, costumbres y aromas como una sopaipilla tiraneña, una enjundiosa calapurca, un puñado de polulos, fideos, arroz de colores, chocolate sublime, alfajores de Pica, melcochas y asado de llamo o cordero.
La madre para los iquiqueños, representa a las mujeres pampinas, trabajadoras, compañeras , luchadoras sociales, protectoras, cuidadoras, madres, esposas, valientes y aguerridas en la contienda . También son la calma y la templanza , detrás de una sonrisa. Y la virgen de la Tirana es el espejo de lo que necesita nuestro corazón para seguir creciendo con este puro sentimiento. Valioso capital social, cultural y espiritual de los tarapaqueños, que se expresa en todo su esplendor en la víspera del 16 de julio. Dios santo, que hermoso es este momento sacro, todos unidos por el amor y devoción a la Virgencita linda. «Canta y baila conmigo, que detrás del cerro sale el sol, que la multitud está esperando, a la madre de los pobres y el amor».
Valió la pena la espera, los problemas, las separación y las tribulaciones. Estar contigo Chinita y madrecita mía, fue volver a abrazar a los cariños verdaderos. Será para el próximo año y volver a cantar con toda el alma la Reina del Tamarugal.
Sonia Pereira Torrico







