La frase popular, «andate a la punta del cerro» es propia de muchas memorias y épocas. En un ciudad por ejemplo, donde vivíamos como en una comarca , el chino Fam atendía en un despacho en calle Juan Martínez y la peluquería Sakurada en calle Vivar recibiendo a artistas y parroquianos. En el presente, con la modernidad y bajo el paradigma neoliberal, irse a la punta del cerro resultaría el cruce entre el último piso de un elefante o agazaparse en algún rincón lejano sin ser visto hasta nuevo aviso. Cuantos tortolitos jurándose amor eterno en la parroquia Santa Teresita y después con el corazón en la mano, se estaban despidiendo con gruesas palabrotas por calle 21 de mayo en dirección al cerro más cercano. Cuando nadie quiere saber de ti, irremediablemente te dicen, andate a la punta del cerro y misteriosamente te escondías por ahí, en una poza, debajo de la pérgola, en el Julio Prieto, el Curupucho o rezando conpungido en una capilla de rodillas .Recuerdo que mi madre antes de volar al alto cielo, se autoexilió en un templo para olvidar la tontera y buscar la fe que le faltaba. Tantos significados que devienen de una frase, tantas risas y llantos brotan de un acto cotidiano del ser humano. Y eso es la función de la literatura, la pura manifestación que revela el milagro de ser y no parecer en tiempos sin censura.
Como se sabe, el Cerro Dragón es una enorme duna de unos 4 kilómetros de largo y cercana a los 300 metros de altura. Considerado entre los cerros de arena de tipo «seif» más altos del mundo, Declarado Santuario de la Naturaleza por el Decreto Supremo Nº 419 del 8 de abril de 2005, convirtiéndose en uno de los iconos más querido por la identidad local iquiqueña. Cuenta la leyenda que un grupo de empresarios chinos quisieron comprar la arena del cerro para hacer cerámica, porcelana, loza y cristal o vidrios. Idea que nunca se concretó, permaneciendo el dragón alerta. Se decía también que el dragón movía su cola, el viento trasladaba la arena hacia un lado u otro. Mi madre relataba que en la cima las personas se hundían hasta desaparecer. Ahora me doy cuenta que sus dichos era para que no fuera para allá, ya que guardaba memorias del año 65 del mes de septiembre, donde una tenue llovizna sucumbió el puerto durante la noche y en la mañana con un viento tibio. La gente estaba muy asustada, contaba entusiasta mamá y comentaban que se habia despertado el dragón y la ciudad quedaría sepultada . ¡Otros tiempos!, hijos de una crianza estricta, de recompensa y castigo, creyente en los ritos y devota de las tradiciones iquiqueñas. Una de ellas y la que me convoca en esta ventolera, es irme a la punta del cerro con los cabros del pasaje Las Tarkas, para posteriormente deslizarme cuesta abajo rodando o sobre un cartón para surfear el pincel invisible del viento del dragón.
En los años 70 fue una entretención en caminatas de niños y adolescentes para tirarse en cajas de cartón, disfrutando las vacaciones, llevando para el viaje, sólo una botella de agua y un pan con mortadela . ¡Juventud divino tesoro!, éramos tan felices con tan poco, pisando las sombritas, capeando tumbos y subiendo cerros para alzar la victoria como lo hizo el bombardero de Caleta Buena y Raúl Choque.
Los años han transcurrido indefectiblemente, ya no escucho las voces de mis amigos iquiqueños. El viejo, el loco Pepe, el mortadela, el macha, el barata, la Pame, la Pachi y la Sole sólo se escriben en mi memoria. Necesito imperiosamente traerlos, descifrar este acertijo para seguir de largo o cerrar los ojos frente a lo simple y extraordinario. ¡Aquí me quedo!, y ¡aquí me voy!, acariciando la muerte y el futuro creciente. ¡Es mi tierra maldita sea!, cuna de mis alegrías e inmensos dolores. No puedo desprenderme de ella, respiro, me siento mágica y vuelvo a soñar que un día estaré subiendo el cerro para reencontrarme con mis amigos y con esta puta felicidad.
Sonia Pereira Torrico







