Señor Director: Muchos habrán visto el video que circula en redes sociales y medios de comunicación: tras ser escupida, agredida con piedras y rociada con gas pimienta en el rostro, un encapuchado patea por la espalda a una mujer que apenas logra respirar y por los químicos.
Es crudo describirlo así, pero es todavía más crudo constatar que esos hechos ocurrieron en el frontis de la Universidad Católica.
Esa mujer soy yo.
Mi nombre es Carolina Mingo, soy estudiante de cuarto año de Terapia Ocupacional y lo vivido no fue un hecho aislado, sino la manifestación de una violencia que se ha tolerado tanto dentro como fuera de la universidad.
El rector de la PUC señaló a la comunidad que toda conducta violenta “será investigada, considerada como falta grave y sancionada como exigen nuestros reglamentos”.
Sin embargo, siendo el deber de transparentar lo ocurrido, porque situaciones similares se repiten en todo el país ante la mirada evasiva de muchos.
Durante 2025 fui parte de la directiva de la FEUC. En ese período presencié cómo se normaliza la hostilidad: desde grupos instalados frente a nuestras oficinas para agredirnos y empapelar el campus con carteles que decían “aborta por si sale weona” —hecho denunciado sin que existieran sanciones efectivas—, hasta la autorización de espacios para colectivos que coordinan salidas a marchas violentas.
En lo cotidiano, persisten denuncias por abuso de poder e imposición ideológica en las aulas.
Me consta que se han reportado estas situaciones por los canales formales, pero la respuesta institucional ha sido pasiva e insuficiente.
Situaciones límite como la del jueves son la consecuencia directa de eludir la responsabilidad y permitir estas dinámicas día tras día.
Frente a esto, nos encontramos ante dos caminos: alimentar la rabia, la polarización y la ley del más fuerte, o detenernos a mirar de frente las heridas que dividen a Chile para hacernos cargo.
Hago un llamado especial a los jóvenes que hoy prefieren marginarse: la indiferencia también es una postura y tiene consecuencias.
No podemos ceder ante el temor a denunciar, la comodidad o el miedo a la cancelación.
Esto exige también interpelar el rol de la propia casa de estudios.
Cabe preguntarse si las medidas administrativas bastan o si urge una reflexión más profunda.
Una universidad debe ser referente en formación y humanismo, no solo un engranaje técnico orientado al mercado laboral.
Sin desmerecer la excelencia académica, la formación moral resulta prioritaria: ¿qué tipo de personas estamos formando y qué valores se cultivan en las aulas cuando se vuelve imposible salir de la confrontación sistemática y reconocer la dignidad intrínseca del otro?
Los protocolos y manuales son necesarios, pero ningún procedimiento formal ni perfil de egreso en el papel nos convertirán por sí solos en mejores ciudadanos o profesionales.
Quienes tienen la misión de educar deben revisar qué están entregando a las nuevas generaciones.
Abordar esta crisis de fondo requiere tiempo, pero es la vía imprescindible para reconstruir una convivencia donde la verdadera paz surja de la justicia y del respeto auténtico por el bien común.
CAROLINA MINGO, Coordinadora general Solidaridad UC








