Nuestra memoria está hecha de las relaciones que tuvimos con el mundo que nos rodeó y las personas que por él pasaron; somos el intento de unificar el tiempo y el espacio en que vivimos.
Creo que son las ocho de la mañana; el alba ya precipitó por el postigo de mi ventana. Me levanto de la cama algo ligera, en medio del silencio del departamento. Todos duermen en este día de descanso. Pero yo, intrépida y con los ojitos bien abiertos, voy descalza en busca del tío calichero para comprar el pan lulo predilecto, en la panadería de calle Pedro Lagos al llegar a Grumete Bolados. He olvidado su nombre y su apellido con el correr de los años; debe ser que estoy más vieja y no me había dado cuenta.
Voy escribiendo en prosa, es el color de mi rosa, la que habita en mi interior, que inhala y exhala amor. Creí que estaba vencida, pero está más viva que nunca en cada frase que pronuncia.
Saludamos a los niños, jóvenes y ancianos; la vida de barrio deambula como un alma vagabunda muy temprano, en compañía de la diana y el soplo del alba con olor a mar, ese que Iquique me sabe dar y que los vientos del sur me quieren quitar. Recordando, caminando el presente, hojeando el futuro y con el alma latente.
La vecina, vencida por el abandono, canta un vals peruano sentido, haciendo aseo con la escoba a todo pulmón, desplegando cada material en un desahogo inquieto. Hace días que el hombre no ha vuelto.
—¿Dónde estará el condenado?, exclama desde el alma esta mujer solitaria. Si yo lo amo tanto, ¿por qué se ha marchado?
Asiente con el corazón en la mano. Acaso no le gustó la cena que le preparé; acaso la cazuela no estaba bien condimentada, o mis vestidos y caderas ya no lo erotizan.
La abuelita de la Loto, señora regia y risueña, saluda desde el omnipresente a todos sus parientes, también a los vecinos y a los durmientes pajaritos. Ella, silenciosa, riega sus flores para que se enamoren de los ojos del sol de agosto. Los míos, que son más pequeñitos, contemplan a modo de reminiscencia, una vida ya pretérita.
¡Oh! Solo tengo diez años, pero siento que mis labios ya han besado otros. ¿Será que mi destino está escrito? ¿Será que vengo de otra época? No reniego de esta, no obstante prefiero el blanco y negro, el óleo perfecto dibujando las siluetas, la tuya, la mía, caminando hechizados por Baquedano. Vislumbrando las palomas y sintiendo el aroma a buganvilias que brota por las esquinas. Qué hermoso es el amor, y ya deseo con ansias cumplir los veinte para esperarlo y decirle… cuánto lo amo.
De regreso a casa, una mesa me espera; qué hermosura siente mi pena. Ritual necesario que define perfectamente mi tierra, todos juntos, sin importar el rumbo.
Qué tristeza ahora siento, aquí, a miles de kilómetros del cuento; no tengo sosiego, te añoro como una condenada, y aunque me seque las lágrimas en el clóset misterioso, muero por verte, puerto de mi alma. Pero ya voy a regresar, espérame tantito; necesito terminar este escrito para irme a trabajar y estudiar. Recuerda que quiero ser profesora, como Gabriela Mistral.
Un tecito remojado con cedrón y hierba luisa, el tío calichero preparando un pancito crujiente con mortadela. En el aire, se respira la voz de una dulce mujer que dice: «¡Aquí folclor!». Qué maravilla, es domingo, el mejor de todos los siglos. Calatambo Albarracín deleita en sesenta minutos, un cancionero aprendido, tan nuestro… calando hasta los huesos, soy del norte de Chile, caliche es mi corazón.
Es mi afán inmediato ir al desfile; tengo diez años, quiero ver a mis amigas del María Auxiliadora, Sole, Javiera, Poly y Siboney. Mamá, mamita linda, advierte que iremos en patota, previa limpieza de los vidrios. Con los diarios más viejos, limpio y saco hasta la última basurilla; paso un pañito a la persiana y a mis zapatos de charol comprados en Casa Malagarriga. Son las 11:30; me pondré un vestido bonito, uno verde con florcitas blancas que usé en mi cumpleaños.
—¡Vayan ustedes!, dice mamá. Me quedaré en casa preparando una cojinova frita con arroz y ensalada chilena y, quizás… mmmh, unas papitas mayo con pebre cuchareado. ¡Es domingo! Traigan una Coca-Cola donde Cocoa al regresar.
Desde el clamor de las urgencias, aquí se decreta, que las dietas no existen en esta casa, porque aquí la reina de todas las fiestas es la mesa larga.
Después del desfile, cruzamos sin naufragar los siete mares de la plaza, esperando el helado de agua y el globo de intenso color para ahuyentar cualquier amargura. No estoy cansada, estoy feliz, refrescándome con el agua de la pileta; un perrito se une a mi osadía, y juntos interpretamos una sinfonía. Retornando por calle Gorostiaga, compramos la bebida prometida, y papá se antoja de unas empanadas de Echeverría.
La mesa está servida, hay cojinova fresca. El tío calichero, por arte de magia, aparece con un vinito dulce. Yo solo quiero bebida; soy una niña y la sed me embarga en este cálido momento. Mamá decora con la banquetería de moda, los tupperware. Pero a mí me hechiza el mantel tejido por la señora Zulema, la abuelita dadivosa que nos cuidaba mientras mamá trabajaba en zona franca.
Con el hermano rubio y juguetón pedimos permiso para untar el pancito en el platito. Ergo, vamos a jugar con el perro crespo y negro.
—¡Tocan la puerta! Vaya a abrir, hija, me ordenan.
Recibo una oleada fresca de gotitas salinas y el abrazo del caballero más bello, mi adorado tata. La mesa se alarga y los pies del tío calichero se mueven con el bosque de la china de Voces del Norte. Después, golpea la mesa con los dedos al ritmo de tipitín tipitín tipitón.
El tata viene con hambre; no deja ni la raspa y pide otro plato más, por si las moscas.
El tercer tiempo ha comenzado; como todos los domingos, risas y más risas se deslizan entre el mar y el cielo. Las historias de la infancia cobran vida propia a esta hora; también irrumpen los mil lamentos de una pena que se resiste a partir.
El silencio urde una espera; solo la mandolina del señor de la pampa aquieta la herida y abre otra puerta, la del amor verdadero, la ilusión plasmada en dulces letras de un romántico vals.
El tío calichero se doblega con los murmullos del vinito triste. La mesa larga, alicaída, se retira al descanso, a la siesta del guerrero. Después de la tormenta, unos se van a dormir y otros parten rumbo al estadio a ver a Deportes Iquique contra el adversario, cantando y gritando con fuerza, ¡Iquique, Iquique!
Nos vemos en siete días más, frente al mar, al arribo del barco forastero y al barrio que tanto quiero.
Sonia Pereira Torrico
En cualquier parte del mundo, una mesa es la puerta a la felicidad.







