Señor Director: De niña, joven y muy en la edad adulta jamás escuché la palabra resiliencia. Soy de la mitad del siglo XX, es decir, de la mejor época de la vida humana. Hoy, ya caminando a los 80 años, leo y escucho dicho término a cada rato en la Prensa y la Televisión.
Tengo la impresión de que muchos no conocen el verdadero significado de esta y otras palabras de moda que se han instalado en el lenguaje cotidiano: vandalizar, empatía, incivilidades, territorios, con foco en, inclusión, todes y tantas más. Y cuando creía haberlo oído todo, hace unos días leí la más reciente: anatocismo.
Estos términos se pronuncian y escriben en los medios de comunicación sin definir su significado. El deber de los medios de comunicación es escribir de manera que todos entiendan, pues los periódicos jamás han venido con un diccionario adjunto. La mejor forma de llegar al público es escribir con claridad, sin palabras ni conceptos rebuscados y, de usarse, explicarlos para asegurar la comprensión de todos.
Imagínense ustedes en una reunión de amigos donde alguien dice: «Sería bueno vetar la prohibición del anatocismo». ¿Para qué embolinar la perdiz? ¿Por qué no hablar con claridad? ¿Por qué decir incivilidades cuando resulta infinitamente preciso escribir: asaltos, violaciones, encerronas, portonazos, cogoteos o simplemente delitos?
Algo similar ocurre con la palabra todos. A alguien se le ocurrió imponer todes bajo el argumento de la inclusión, y se adoptó de inmediato. Para mí, la palabra todos lo abarca todo: entran todos y nadie queda fuera. Así de simple. Gracias a la enseñanza de mis padres todos siempre fueron iguales. Sin diferencia alguna.
Y para no dejar a nadie con la duda, comparto lo que mi curiosidad me llevó a averiguar: el anatocismo es la práctica de cobrar intereses sobre intereses ya devengados; es decir, los intereses no pagados se suman al capital original y los nuevos intereses se calculan sobre ese monto acumulado, funcionando como una bola de nieve (la base del interés compuesto). Confieso que no conocía el término.
Sin duda, usted conocerá a personas a las que les gusta emplear vocablos rebuscados para «darse aires» o aparentar un conocimiento del que carecen. Como sabemos los de más experiencia, de lo mucho, poco. Sabio hay uno solo, y es Dios.
Espero que se respete mi opinión.
Rosalía Lourdes Andrade Y.







