«Las familias sobreviven también gracias a aquello que alguien decide recordar cuando todos los demás preferirían olvidar».
(Isabel Allende)
«Cuando pase el temblor, despiértame…». Es la voz potente de un Gustavo Cerati que se escucha por la desaparecida radio La Tirana. Pertenece al grupo argentino ‘Soda Stereo», tres lolos chascones, muy tincudos. Ella solo tiene diez años y le están pasando cosas extrañas. Tuvo su primera fiesta, la realizaron los cabros del pasaje Las Tarkas, cerca de Los Tambores y Las Dunas. La entrada costaba $10 pesos, el dinero tenía valor en esos tiempos, la moneda de $50, $100 y el billete de $500, wow una verdadera fortuna.
Adoraba ir a comprar al almacén del barrio de su abuelita, especialmente para la hora del lonche, pan, mortadela y el vuelto en pastillas envueltas en papel craft. Algunos como don Mateo, realizaban ese ritual a la perfección; parecía un mago detrás del mesón.
La música es también en esos años su nueva aliada. Las historias de Papelucho le parecían insuficientes, definitivamente era menester algo más apasionado y romántico, con besos y abrazos en un ventisquero o bahía parisina . Seguía las novelas rosas de Lucía Méndez, Victoria Ruffo, Verónica Castro y Lupita Ferrer por la televisión. Eran sus predilectas. Cómo olvidar Rosa Salvaje, Cristal y Topacio.
Con su mamá disfrutaban cada capítulo después del almuerzo. La querida Nancy estaba trabajando con ellas en esa época, cuidando a la madre y a su nuevo hermanito. Terminaban llorando las tres a moco tendío, porque Rosa no se pudo casar, Topacio recuperó la vista o Cristal se había enterado de que su jefa era, ni más ni menos, que su mamá, la actriz Lupita Ferrer en el papel de Victoria. A escondidas se devoraba las novelas románticas de Corín Tellado, Julia y Jazmín. Sin embargo, a pesar de que se entretenía con Lucía Méndez protagonizando a una heroína o bruja ajusticiada por la Inquisición, se sentía un alma en pena porque quería jugar con sus muñecas, con la pepona, a la escondida, al rin raja, al luche, a la payaya o ver a la pequeña Lulú regañando a Toby.
¡Uf! ¡Qué crisis existencial dio mío!. Lo único que faltaba era dar el primer beso, el mismo que dibujaba en el diario de vida para cuando cumpliera los 15, con aroma a la frutillita de la marca Avon.
A eso de las nueve, cuando la mandaban a acostar, se quedaba pensando en el niño que la había gustado en aquella fiesta de $10 pesos. Era el hijo del zapatero, más lindo que el sol, de ojos claros y todo un caballero. Le gustaba conversar con ella y a la niña, con solo mirarlo, le bastaba. No hubo beso, solo inocencia en los ojos y el primer asombro de la luna creciente.
La prima Vanessa estaba de cumpleaños por esa época, era su primer añito. Olvidó por un momento sus conflictos internos para celebrar y jugar con los pollitos en el living, en su casa, corazón de la ciudad, al frente de la Feria Persa, cerca del Mercado, de la Escuela Santa María, de calle Vivar, del kiosco para revisar la prensa prohibida y de personajes como Manolito dirigiendo el tránsito, el Rico Rico y su pan de leche Luna o el inquieto hombre de voz grave, vociferando por un mal amor.
Era noviembre en el puerto heroico, los rayos de sol se adueñaban de las calles. Los helados y jugos de mango se multiplicaban por doquier.
¡No quería crecer!, las personas se miraban a la cara, se saludaban, se vivía el día a día, sea en el mercado, la plaza, la playa, el cementerio o la cancha del barrio.
¡Quería seguir siendo una niña!, comer un trozo de torta manjar durazno, tomar chocolatito calentito con la prima, sus tíos, y los niños de la cuadra, en la casa de Zegers con Vivar.
Sonia Pereira Torrico








