Posterior a la crisis del salitre, nacieron las hermanitas Irma y Bertita. El abuelito Miguel había sobrevivido a la matanza de la Escuela Santa María en 1907, donde fueron asesinados cientos de trabajadores del salitre de diversas nacionalidades que se encontraban en huelga general. Los sobrevivientes de la matanza con posterioridad fueron llevados a sablazos hasta el Club Hípico, y desde allí a la pampa, donde se les impuso un régimen del terror. Otros como mi tatarabuelo Miguel López Lorca se arropó entre los fallecidos para protegerse de las balas, de la muerte, del ruin opresor.
Historia que marca el espíritu y esencia aguerrida de la casa de Serrano 1681. En ella, las hermanitas Palomo López jugaron con unas muñecas de loza para una navidad , pero las perdieron en un riachuelo mal oliente que se formaba entre la acera y la vereda de tierra. Lágrimas a borbotones brotaban en sus inocentes caritas. Sin embargo la carencia no fue sinónimo de dibujar nuevamente otra sonrisa, la misma que sentía Ana Frank en medio del holocausto o la de Antoine de Saint – Exupéry en el Principito. Inocencia de la niña de oficina Mapocho ( Carmencita), al preparar manualmente con su familia, el árbol de navidad; un palo de escoba con agujeros para introducir unos alambres forrados con papel crepé. Los adornos se compraban en Iquique, en la oficina o en el almacén del señor Bernardo Siu ubicado en calle Comercio de Pozo Almonte. La niña de Mapocho recuerda con alegría recibir una ollitas de aluminio. No había nacimiento por ese entonces en las casas cubiertas de calamina inquieta por la chusca revuelta y el indómito sol. Sólo se escuchaba el sonido del silencio pampino y el aroma a chocolate calentito con queque recién horneado por las manos santas de mamá. ¡Mamá!, figura etérea de tanto simbolismo familiar, mamá enfermera, cocinera, pastelera, lavandera, tejedora y modista de los trajes y vestidos que esos niños usarían en Navidad.
En Iquique, los nacimientos se multiplicaban por doquier, en el living de la casa o en una capilla. Reinaba la paz en el iquique de antaño, la calma se deslizaba como las cuerdas de un violín tocando claro de luna. Me sumerjo en la nostalgia, cierro mis ojos para sentir la misma inocencia que las de mis abuelitas de Serrano y la linda Carmencita. Hasta los 10 años creía en el viejito pascuero, no existía el enemigo que revelara el secreto. Me recordaba a Santiago Nazar y la premonición de un pueblo entero por su fatal desenlace. Diciembre era el mes más que querido, las Dos estrellas, la Confianza y la Municipalidad desplegaban nacimientos arriba de sus techos. Buquecito y Chiricaco haciendo de las suyas , con el traje de viejito, entregando cariño a los niños del puerto.
Ya había escrito mi carta al viejito pascuero, quería en demasía un tiernecito de Jesmar, igual que un muñeco llamado Juanito, que deseaba Carmencita en 1950. Se dan cuenta que la inocencia de un niño es un estado que trasciende el espacio y el tiempo.
Nosotros creíamos en la magia de la navidad, a través del contacto, un abrazo y un festin de comida sobre la mesa larga. ¡Aaay libertad!, reina de todas las fiestas, sin peligro al caminar y dejando la puerta afirmada con una piedra o suspendida de una pita.
Con los niños jugando en la calle ; al luche y a la escondida. Por estas fechas navideñas , aguardábamos a los viejos pascueros, gritando y saltando, » Tira pastilla viejo cagao». Un puñado de pastillas se derramaba por la calle entre tierra y asfalto. Y nosotros aleteando febriles las alas para seguir volando y ganándole a la vida como Bertita, Irma y la linda Carmencita.
Sonia Torrico Pizarro







