Era un Iquique amable, desde el despunte del alba hasta el ocaso del sol de otoño. Se sentía en la temperatura ambiente, que el verano era nuestro mejor aliado, no quería irse, tampoco despedirse, como mi madre, mi padre, que aún eran llamitas eternas por las calles iquiqueñas. La noche invitaba a juntarse con los amigos, tenía dos muy queridos, ellos se llamaban Luchita y Rodrigo. No sé cuándo, hicimos sintonía, sólo se, que éramos como pan y mantequilla. Uno tocaba la puerta, el otro se sumaba cuando estaba entre abierta.
Siempre juntos, en el «Ghost Town», la «Pink», el «Tradición» y el «Noctus » anclado en el centro. Fuimos al casino San Remo, muy pequeño, pero acogedor. Mamá, era la reina de la noche, del juego y el batir incesante de las copas. Y la verdad, no le pareció ser invadida en su divino tesoro. Así que radicalmente me expresó su molestia, que en Iquique existían otros lugares, que me tomará la retirada y la dejará libre con su risa y sus alas. Bueno, sólo le dije, me iré al sector del bar, para ensayar con una copa otra noche loca. Dibujó una tenue sonrisa en la boca y aceptó alejándose dentro del gentío nortino. Ese bar era exquisito, ya había asistido otra veces, con un chico, mis amigos y mi madre ni siquiera lo había advertido. Pero está vez me sorprendió, por lo que fui cuidadosa y no violar su decisión. Me pedí un primavera con licor, mis amigos algo diferente, mi amiga Luisa no tomaba alcohol. En fin, es lo de menos, lo único que recuerdo como una fotografía recién revelada, es el paisaje de Cavancha. ¡Uuuf! mil burbujas de amor estallaban en mi cabeza , pero de pura felicidad. Los teloneros de cada noche eran Nora Muffeler y Hernán Cotroneo.
En la conversación, mi amiga realizó una pregunta, oye ¿qué te gustaría hacer en el futuro? Rodrigo, respondió, terminar la carrera de ingeniero comercial e irme a Santiago. Yo guardé silencio, y mientras pensaba en mi respuesta, pensaba en la primera vez que mis padres me llevaron a una peluquería. Era la década de los 80, de un Iquique con olor a pesquera, pero que saltaba en una cuerda por haber ganado la copa polla gol y la gaviota de oro en el festival, con el grupo Calichal. Mamá era la reina de las fiestas y la vida social, por ende , era recurrente verla con bolsas de una tienda de La Riviera o La Casa Francesa. De lo contrario, íbamos a la modista con telas de » Casa Solana» para que nos confeccionarán unos lindos vestidos de gala. El cabello también necesitaba un cambio, y a mi hermano y a mí, nos cortaban el pelo al estilo príncipe valiente en peluquería «Shampoo» con Doris o en la topísima peluquería «Eloy». ¡Wow!, estaba ubicada en calle Vivar con Zegers, bajo la dirección de un joven estilista, el cual atendió a mujeres y hombres, marcando un estilo propio. Matrimonios, bautizos, licenciaturas, son algunos de los servicios que este querido amigo cumplió con dedicación y cariño. La gente lo recuerda como un personaje más de nuestra cultura, un fenómeno de popularidad. Simplemente atenderse con él era sinónimo de estatus.
Sin embargo, mis abuelos me contaban la existencia de otras peluquerías en las décadas pasadas. Una era «Tanaka» y la otra del «señor Sakurada». También estaba «El Sol Naciente», una de las más antiguas de un señor japonés, estaba ubicada en calle Vivar. Luego se trasladó cerca del barrio El Morro. Conocido era el corte de varón a la inglesa (un mechón adelante y casi calvo por todos lados).
La peluquería de Tanaka estaba ubicada en calle Barros Arana, La Familia Tanaka era de origen japonés en el oficio de peluquería. A los niños de la época lo subían al caballo para que Tanaka le cortara el pelo. Además había una lujosa vitrola.
Por otra parte, la peluquería de la familia Sakurada, ubicada en calle Vivar, era grito y plata. Al lado estaba también el negocio de su hermano, para el arriendo de las bicicletas, la venta de chicha de piña con helado, los alfajores y las condesas. Cuenta la leyenda urbana que había un programa que se transmitía con público en el auditorio de Radio Esmeralda y el animador vitoreaba con la propaganda del auspiciador: ¿Qué pide la multitud?. Y la gallada respondía: «Orange crush y Bidú», las bebidas de ese tiempo.¿Qué pide de nuevo la muchachada?, replicaba . Y nuevamente la juventud respondía, «Chicha helada de Sakurada».
El puerto fue creciendo y los salones de belleza también. Se hicieron famosas las academias de estilistas. La tía Nona estudió en academia Zuly, y nos cortó el cabello por varios años a toda la familia. A mediados de los 90, los actores de «Playa Salvaje» iban a «Cosmética Capilar Rossi», otro salón topísimo y de vanguardia. Su dueña mostraba los últimos looks en los programas del canal Telenorte.
Ya tenía 11 años, estaba de moda la canción «Oye mi canto», de Gloria Estefan y ¡oh! morí de amor por la frondosa cabellera de la cantante. Le supliqué a mamá, ir donde Doris para ese cambio radical, también tenía fijación en otros colores. Quería ser distinta, sin lugar a duda y el cabello era el fiel reflejo de lo que declamaban mis pensamientos. Me hicieron la base (rulos), me encantó, ergo, continuaron los cambios en la adolescencia con otros matices, hasta por fin, contemplar un atardecer de verano con el color que iluminaba mi rostro y mi vida.
Mientras Luchita, esperaba mi respuesta. Yo simplemente respondí. «Quiero ser rubia eternamente».
Sonia Pereira Torrico
(La fotografía es de la columnista, en ella aparece Eloy (Q.E.P.D.), el estilista top de aquellos años).








