Después del año nuevo, el tiempo siguió su curso como siempre en esa ciudad donde la alegría aparece sin avisar, y ella ya estaba acostumbrada. Febrero pasó como un suspiro colorido, con el carnaval tomándose El Morro, mientras marzo fue puro trámite, útiles escolares, entrada a clases y caras medio dormidas, como si todos anduvieran en piloto automático. Abril apenas despertó con la calma de Semana Santa, y entonces llegó mayo, el mes favorito de los nortinos, ese que no se explica, sino que se siente en el corazón.
Mayo revive la memoria colectiva en torno a las Glorias Navales, entre tradiciones, sabores y paisajes que despiertan identidad y nostalgia, y donde los ensayos de bandas escolares marcan una época inolvidable, cargada de disciplina, comunidad y emoción compartida. Arturo Prat es, para muchos, casi un familiar y ella lo sabía sin que nadie tuviera que decírselo.
Una mañana cualquiera, sintió que algo se venía, otra celebración en la casa, y aunque no sabía el motivo, tampoco le importaba, porque en ese hogar siempre se celebraba. Aún llevaba el eco de otras fiestas, gargantas apretadas cantando “Clavelitos”. Sabía lo que vendrían las guitarras, las voces, la emoción y, sobre todo… su tata.
Él estaría ahí, como siempre, con la mandolina entre las manos, dejando que la música hablara por él, mientras en la cocina su mamá preparaba carne al jugo con papas y arroz, Mamá quería verse linda, no por vanidad, sino porque la ocasión, lo merecía, y así fue como empezaron a llegar artistas y parroquianos, los de siempre, los que hacían de cada encuentro algo distinto.
La niña buscó a su hermano entre la gente y lo encontró cambiado, abrazando una guitarra como si siempre le hubiera pertenecido, y el tata, mirándolo con orgullo, dejó caer la frase que quedó flotando en el aire, ese nieto será músico.
De pronto, como si alguien hubiera dado una señal , comenzaron a escucharse las mandolinas, las bandurrias y las guitarras de Santa Lucía. Los acordes comenzaron a llenar el espacio, el piso brillaba con olor a cera, las miradas se cruzaban con complicidad y el corazón latía fuerte, porque en ese lugar se celebraba simplemente porque se vivía, porque se sentía, porque se es y punto.
Saben, ese rincón donde conviven el mar, la memoria y las guitarras de Santa Lucía, la vida siempre encuentra la forma de decir bajito… te quiero vida mía.
Sonia Pereira Torrico







