Señor Director: Esta mañana pasé muy temprano, como todas las mañanas, por el frontis de la Universidad Arturo Prat y me alegré que comience a tener nuevos colores. Los que tenían eran deprimentes y chabacanos, es decir, tosco, ordinario o de mal gusto.
En cosa de colores no da lo mismo. Los colores de un centro universitario deben reflejar optimismo, alegría y entusiasmo. Espero que lo mismo esté sucediendo con las salas de clases, cuyos colores son vitales para la enseñanza y recepción de conocimientos. Salas oscuras y grises no entusiasman para nada.
Y, además, como en el pedir no hay engaño, el señor rector debe preocuparse del entorno del edificio, especialmente de la parte trasera, donde hay mucha tierra, desechos varios y un eterno ruco que ocupa una persona que los estudiantes quieren, cuando podrían hacerle una buena pieza en el patio y darle algunas responsabilidades que tengan que ver con el aseo.
Ahora, modestamente y para finalizar esta carta: Etimológicamente, la palabra entusiasmo proviene del griego antiguo enthousiasmós (ενθουσιασμός). Está formada por la preposición en (en, dentro) y el sustantivo theós (θεός, dios). Su significado literal es «tener un dios dentro de sí» o «estar poseído por la divinidad». Antiguamente, los griegos usaban este término para describir un estado de euforia e inspiración. Creían que cuando una persona sentía esa fuerza creadora o pasión desbordante, en realidad estaba siendo habitada o guiada por la sabiduría de un dios. Ya saben, en un centro de estudios, los colores valen y su elección no da lo mismo.
Rosauro Bidermann







