El volantín data del año 200 a.C., tiene como cuna China. Su uso se popularizó de tal forma que el calendario chino le dedicó el noveno mes del año.En Europa, conocido también como cometa, se popularizó hacia el siglo XII. En España, por ejemplo, se le conoce con nombres tales como, dragón, pandorga, pájaro, cambucho, entre otros. El volantín llegó a Chile a mediados del siglo XVIII conquistando adeptos y también alborotos, ya que provocaba daños en las techumbres de las viviendas.
Se terminaba el acto del 18 en la Escuela 2. A ella le había tocado bailar vals chilote con un compañerito de curso. Le sacaron muchas fotos, para dejarlas inmortalizadas en el álbum familiar.
Luego vendría la convivencia en la sala de clases, con la empanada de pino y el vaso de bebida. Ella estaba ansiosa por sacarse el traje y colocarse rápidamente una polera, un short y chalas, porque septiembre parecía noviembre, con arreboles intensos, un eterno veranito de San Juan. ¡Qué alegría saber que comenzaban las vacaciones!. Las últimas habían sido en invierno, con la Chinita, comiendo melcocha y quitándoles los polulos al diablo suelto. Estas nuevas vacaciones serían para jugar al rin raja, el luche, el elástico, caballito de bronce, las naciones, la escondida y el alelío león.
Pero estaba mucho más emocionada junto a sus amigos porque saldrían a elevar volantines. En el ex Regimiento Dolores encumbraban volantines de papel, fabricados con caña y pegados con cola. También estaban los “made in China”, unos de plástico que por sus colores y tamaño, opacaban a los cometas del barrio de los techos planos, sencillos, aguerridos, valientes, esforzados y firmes. Sin embargo, existían unos parientes pobres, que habían existido en décadas pasadas. Esos volantines se llamaban cambuchas, fabricados con papel de diario. En las oficinas salitreras , la cambucha representaba el ingenio de las familias obreras ante la precariedad de la vida en el desierto más seco del mundo. Mientras los adultos enfrentaban extenuantes jornadas en las faenas del caliche, los niños llenaban el cielo del desierto con estos volantines caseros.
Aunque en los cielos ochenteros ya no se veían las cambuchas. El hilo curado andaba camuflado, medio siniestro, tratando de doblarle la mano al destino a un eterno campeón como era el volantín de papel, más duro que el Tani, un compañero de vuelos y aventuras en los cerros morenos.
Tardes eternas en estas fiestas tricolores, las cuales todavía no habían terminado, porque la «Junta de Vecinos del Morro» había organizado la competencia de juegos populares en la cancha de baby.La carrera de la cuchara con el huevo y tirar la cuerda eran sus favoritas. Ella sacaría la cara por el block A-2, departamento 104 y escribiría en un diario de vida todo lo hermoso que había acontecido en su vida.
Porque hay recuerdos que son como volantines. A veces se pierden de vista y a veces el viento los lleva lejos.
Sonia Pereira Torrico








