Frente al caos de la existencia social y ciudadana, regresar a la provincia de antaño es volver a mundo del orden inmemorial de las cosas, calles antiguas, en donde siempre se produce la misma rotación de personajes y acontecimientos, de sepultación y resurrección, tan similares a la gestación de homenajes y nombres que sobreviven hasta el día de hoy.
La Plaza Condell del siglo pasado fue un paseo muy simpático, un punto donde se aspiraba un ambiente perfumado por las flores que adornaban sus artísticos jardines. Se observaba un panorama muy pintoresco, trazado graciosamente por el respetable comercio que la rodeaba, las tres vías de ferrocarril de sangre que la atravesaban, el vasto Mercado Central y el tráfico inusitado de carruajes. Con los años aparecieron las góndolas, las micros y el Mercado fue reemplazado por el edificio de la Municipalidad.
Las plazas son tan importantes en la vida citadina, ahí se concentra la reunión de los amigos, la cita romántica, el vuelo de las palomas, la lectura de diarios, y los juegos de un niño atrapando mariposas. En la “glorieta” tocaba comúnmente la “banda” del Regimiento Granaderos, cuyas notas melodiosas renovaban la vida del espíritu provinciano.
En otroras épocas después de la retreta , muchas familias asistían a las plazas a inmortalizar un recuerdo con el fotógrafo y su llamito, o aquél que con su cámara en el cuello, corría detrás de los alumnos para retratar la emoción del momento. Muchos con la primera pinta del año comprada en alguna tienda atendida por sus propios dueños. Cada familia realizaba un tremendo esfuerzo económico por cumplir ese sueño, para luego ir a probar algo rico y diferente en algún salón de té o heladería como Pinnina, la cual quedaba frente a la plaza Condell, donde concurrían Arturo Godoy y el Tani loayza de ternos a relatar sus vivencias al lustrabotas o a algún jubilado con un diario en la mano.
¡Que tiempos aquellos!, un Iquique más pequeño, todos amigos, y conocidos, se caminaba cuadras y cuadras y no te cansabas. Sin miedo, sin prisa, obedeciendo al carácter de una provincia y al sonido de la chusca en medio de la risa.
¡Apúrate cabra de miechica!, decía la madrecita alborotada, mira que la señora Alcaldesa , va a felicitar con bombo y fiesta al grupo «Calichal» por la gran proeza de ganarse la gaviota en el festival .¡Ya voy! , respondí a mis cortos años, mis pies cortitos no son tan grandes como los tuyos colibrí mayor. La algarabía celebraba
en tierra santa, cantábamos felices, la «Reina del Tamarugal», como el segundo himno en calle Tarapacá con Vivar. Don Manuel González del Kiosco , salió de su guarida para celebrar con el alma estremecida. Las calles se paralizaron por ese entonces, es la esencia de vivir en provincia, por la hazaña de celebrar en comunidad el triunfo de Calichal.






