«Cinema Paradiso» contiene una maravillosa historia en torno a los sueños y las pasiones que nacen en una sala de cine, en el que los recuerdos de la niñez, el colegio, el amor, conforman la vida de su protagonista y nos evocan hermosos sentimientos. Narra la historia de un niño, Totó (Salvatore Cascio), que busca paliar su dura vida en la Italia de la posguerra refugiándose en el cine de su pueblo. Asimismo, pasa con «La contadora de películas», del escritor chileno Hernán Rivera Letelier, el cual relata la historia de una niña de 10 años que hace del oficio de contar películas, la manera de sobrevivir en una oficina salitrera.
Imagínense en los 60, donde el diablo perdió el poncho, época de las banderas negras, campamentos, Arica Puerto Libre, chamayas y rederas, góndolas, canchas de tierra, matadero, lecherías, toros sueltos por calle vivar, época de los pantalones Pecos Bill y de un horizonte delimitado por la costa, cerros, quintas, tambores de agua y la calle Blanco Encalada. En la esquina de calle Barros arana con Sargento aldea, estaban instalados los puestos que vendían mercadería que traían de Tacna y del puerto libre de Arica. En dicho lugar se tomaba desayuno con leche fresca en el local de Sciaraffia, el cual se mantiene hasta el día de hoy. Algunos llegaban al mercado Municipal, hoy Centenario, en las motonetas. Artistas y parroquianos bebían pilsener en «El Refugio», otros almorzaban por poquitas lucas en el Zaragoza. A lado del «Teatro Nacional», estaba la agencia y hotel del señor Victor Romero, donde vendían pasajes para Arica, la ciudad de la eterna primavera. También estaba el emporio y la farmacia Bristol.
Sin embargo, cuenta mi tío Chumingo que la juventud de la época donde circulaba la Vespa y la Lambretta, se refugiaba en la magia del cine y lo que involucraba el espacio físico y cotidiano. El cine más que un pasatiempo, era una forma de vida, y claro está, no había televisión. Grandes y chicos esperaban nerviosos el estreno de películas mexicanas, argentinas y western italiano en el ‘Teatro Nacional». Se compraba un sanguche de pescado y una bebida para ver la película. Tenía platea, palco y galería. Era circular como un anfiteatro.Se iba al teatro nacional, a ver las películas y el show 007, la entrada era por calle Sargento aldea; platea y balcón y por calle Amunategui; galería. El teatro nacional exhibía los «spaghetti western», «Por unos dolares más»,»El bueno el malo y el feo», «Una pistola para Ringo» y «Django». Los lolitos de dichos tiempos tuvieron la fantasía o sueño de ser vaqueros del oeste con pistolas y buenas acciones. La antípoda se hizo presente con la leyenda del Chichero en más de un vaquero del puerto glorioso simulando asaltar un tren de la pampa del Tamarugal.
En oscuras, algunos a tientas se quedaban dormidos y caían galería abajo ante la risotada del público presente. A veces ingresaba al interior del cine un personaje popular, al cual la gente le gritaba «agüita» y él respondía una sarta de garabatos. También aparecía el «pate cuete» o el «chicote». Como olvidar a la guagua que lloraba y la gente al unísono decía «métele la teta vieja». Otros tenían que sacarlos del cine en las rotativas, pues querían repetirse todas las películas de Charlton Heston y Sophia Loren. En fin, siempre estaba el buen humor de algun graciosito, hay de aquel que se le cayera algo porque todos gritaban en coro, «se te cayó el litro «. En ocasiones cortaban escenas y las pifias venían acompañadas del «Cojo afírmate en las muletas». Éstos personajes , eran minusválidos que pasaban las películas, de ahí el grito… ¡ya pu’cojo!, con el zapateo masivo en las tablas de pino oregón por parte de los asistentes al esperado estreno.
Como en la película «Cinema Paradiso», el Teatro Nacional lo perdió todo, quedando escasamente sus murallas de cemento duro. Para la tristeza de muchos, esta joya de 1886 se incendió en el año 1970. El destino le había preparado una mala jugada, con un cigarro encendido en su interior. Y así los sueños de niños , jóvenes y adultos, truncados como fantasmas en pleno desierto por vivir la dolce vita como una película. «Porque contar una vida es como contar un sueño o una película».
Sonia Pereira Torrico
Fotografía: Grupo Añoranzas de Iquique 2022







