Adolfo Rocuant Académico investigador Escuela de Pedagogía en Educación Física Universidad de Las Américas
Durante la inauguración de los IV juegos Olímpicos de la era moderna (Londres, 1908), el arzobispo de Pensilvania, Monseñor Etheltbert Talbot, compartió con los asistentes una frase que trascendería en el tiempo como lema Olímpico: “Lo importante no es vencer, sino competir”. Por más de un siglo, esta idea ha permeado las decisiones pedagógicas al interior de la Educación Física, estando presente en la práctica de juegos, también en aquellos de iniciación deportiva y en la diversa gama de deportes que hoy existen.
Pero esa herencia no es neutra, ya que el modo en que interpretamos y enseñamos a competir, valida la manera en que el estudiantado interactúa con sus pares al reconocerse como seres humanos. Si hemos favorecido un modelo de entender la competencia centrada exclusivamente en el triunfo, corremos el riesgo de generar lazos que desconocen al otro, instalando una lógica de descontento y separación entre estudiantes.
Frente a lo anterior, el profesorado de Educación Física debe permanecer en acción y reflexión hacia la intencionalidad pedagógica de la competencia durante las interacciones con sus alumnos. Esto no implica eliminar la posibilidad de ganar o perder, ya que podría llevar a negar la esencia del juego, sino de generar una nueva interpretación donde se reconocen tres planos.
El primero atiende a la competencia con uno mismo, abordando la autosuperación, resiliencia y la capacidad de trascender y transferir los aprendizajes adquiridos en función de los intereses del estudiantado. El segundo se asocia a la tarea, identificada como la necesidad de sentirse competente en lo que hacemos y de ser reconocidos socialmente por nuestros esfuerzos y desempeños, lo que va más allá del resultado final.
El tercero, probablemente uno de los más relevantes, es la competencia con el otro. Si entendemos al otro como un obstáculo que no puede formar parte de mi aprendizaje, construimos relaciones que impiden comunicarnos legítimamente en comunidad, reforzando los espacios pedagógicos dicotómicos entre ganador y vencido. En cambio, si asumimos que es posible jugar y competir “con el otro y no contra el otro”, abrimos las puertas a elementos que nuestro curriculum enfatiza como el juego limpio, el diálogo y la colaboración.
Los docentes de Educación Física que aspiran a instaurar y proyectar una cultura escolar de convivencia sana deben promover en el estudiantado estos tres niveles de competencia: consigo mismo, hacia la tarea y con el otro. Este último es clave si queremos que entre alumnos se reconozcan como individuos legítimos en la convivencia.
La Educación Física tiene la oportunidad y la responsabilidad de promover una enseñanza desde la competencia no como sinónimo de vencer al contrincante, sino de desarrollarse junto a los demás. Como advertía Monseñor Talbot hace más de cien años, lo importante no está solo en el resultado final, sino en la manera en que transitamos hacia la meta.







